Los revolucionarios no mueren

Los revolucionarios no mueren

29.3.2011 | Noticias

El 29 de mar­zo de 1985, dos jóve­nes revo­lu­cio­na­rios eran acri­bi­lla­dos y rema­ta­dos por cara­bi­ne­ros. Sus cuer­pos que­da­ron ten­di­dos en la calle, como una ame­na­za paten­te de cruel­dad que les espe­ra­ría a quie­nes anhe­la­ban una nue­va patria.
Eduardo y Rafael Vergara Toledo se suma­ron así a la inter­mi­na­ble lis­ta de jóve­nes de nues­tro pue­blo que se enfren­ta­ron sin mie­do a una dic­ta­du­ra y sus esbi­rros, y que die­ron lo más valio­so, su vida.
Como muchos otros jóve­nes, los her­ma­nos Vergara Toledo; Eduardo, Rafael y Pablo, repre­sen­tan a una gene­ra­ción que vivió y cre­yó en la nece­si­dad y la posi­bi­li­dad de hacer la revo­lu­ción en Chile. No eran dife­ren­tes, ni espe­cia­les. Vivían en Villa Francia, pero pudie­ron vivir en La Legua, La Victoria, Lo Hermida, Villa Portales, Nueva Aurora, Forestal, Rocuant, y en muchos luga­res más de nues­tro país don­de había muje­res y hom­bres pres­tos a luchar y enfren­tar­se de cara a cara con­tra el enemigo.
Eduardo diría: “es difí­cil sen­tir­se joven, ale­gre, vivir tran­qui­lo… En reali­dad no se pue­de, por el con­tra­rio, la juven­tud de hoy ha sufri­do mucho y nece­sa­ria­men­te la solu­ción defi­ni­ti­va pasa­rá por un camino lar­go, duro, con muchas penas y derro­tas, pero con segu­ri­dad, con el calor y la luz de la vic­to­ria… Entonces muchos deci­di­mos com­pro­me­ter­nos más cada día que pasa, asu­mir una vida polí­ti­ca y con ello dar un sal­to con res­pec­to a nues­tro desarrollo. ”
No eran espe­cia­les, eran par­te del pue­blo que se había pues­to de pie. Pero eran par­te de un pue­blo cons­cien­te, sin temor, que se enfren­ta­ba dia­ria­men­te a la muerte.
La com­pren­si­ble idea de ren­dir­les un home­na­je en la fecha de su muer­te no debe­ría hacer olvi­dar de que eran revo­lu­cio­na­rios. Entonces, en el sen­ti­do que ellos refle­ja­ron con una vida dedi­ca­da al deber, deci­mos: no nos deten­dre­mos, nos levan­ta­re­mos con dig­ni­dad y avan­za­re­mos con más fuer­za. Nos mul­ti­pli­ca­re­mos en las pobla­cio­nes con Rafael, reco­rre­re­mos los luga­res de tra­ba­jo con Eduardo, ire­mos a las salas de cla­ses con Pablo, esta­re­mos en las uni­ver­si­da­des con Araceli… Sus nom­bres se des­va­ne­ce­rán, pero su vida rena­ce­rá en una nue­va gene­ra­ción que no sabe de derro­tas, que no sabe de lamen­tos, que sabe de luchas y victorias.
Cuando el 29 en la noche se encien­dan en muchos luga­res barri­ca­das en recuer­do de su muer­te, los revo­lu­cio­na­rios segui­rán tra­ba­jan­do, orga­ni­zan­do, luchan­do y ven­cien­do, pues todos los días somos Rafael, todos los días somos Eduardo.

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29.3.2011
Como muchos otros jóvenes, los hermanos Vergara Toledo; Eduardo, Rafael y Pablo, representan a una generación que vivió y creyó en la necesidad y la posibilidad de hacer la revolución en Chile. No eran diferentes. No eran especiales, eran parte del pueblo que se había puesto de pie. Pero eran parte de un pueblo consciente, sin temor, que se enfrentaba diariamente a la muerte.

Aysén en la lucha

Declaración del Partido de los Trabajadores Puerto Montt
Desde el archi­pié­la­go de las Guaitecas has­ta Aysén mar­can en las calles reite­ra­da­men­te un esce­na­rio de lucha popu­lar: pobla­do­res, estu­dian­tes, tra­ba­ja­do­res arre­me­ten con fuer­za ante años de olvi­do, caren­cias, alzas indis­cri­mi­na­das de los ele­men­tos bási­cos para sub­sis­tir, empren­den ante las con­se­cuen­cias adop­ta­das por ter­ce­ros que poco y nada cono­cen de las nece­si­da­des de los tra­ba­ja­do­res que actúan en base de man­te­ner sus rela­cio­nes de poder e intereses.

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Un mundo nuevo que nace

Hoy arden las calles en Atenas y en las prin­ci­pa­les ciu­da­des de Grecia. Las lla­mas son ati­za­das por un pue­blo que ya ha deja­do de lado las anti­guas pro­me­sas y los nue­vos enga­ños. El fin de la ilu­sio­nes lle­va al hom­bre a enfren­tar su reali­dad. Lo lle­va a reco­no­cer que solo no pue­de resol­ver sus pro­ble­mas, sino que debe hacer­lo como cla­se, como pue­blo, como huma­ni­dad. Ahora esta­mos en la épo­ca de la “macro­po­lí­ti­ca”. Los pue­blos se enfren­tan, no a sus des­di­chas par­ti­cu­la­res, sino a la cri­sis de un sis­te­ma mun­dial. No hay otra alter­na­ti­va. No habrá líde­res bené­vo­los, ni pla­nes fan­tás­ti­cos, ni gran­des o peque­ñas refor­mas que mejo­ren nues­tra situa­ción. Ese mun­do de las ilu­sio­nes vanas agoniza.
En el nue­vo mun­do que nace, sólo vale nues­tro esfuer­zo. Y una orien­ta­ción cla­ra y fun­da­men­tal: el poder.

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Mártires

Los sie­te tra­ba­ja­do­res en Carahue pudie­ron ser nues­tros her­ma­nos, nues­tros padres. Su muer­te nos con­mue­ve y nos recuer­da cómo, en esta socie­dad, la con­di­ción huma­na es redu­ci­da a un obje­to, de mayor o menor uti­li­dad. En el caso de estos hom­bres, ser­vían para sal­var las ganan­cias de la fores­tal Mininco, ence­rra­das en tron­cos y ramas.

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De Ayacucho a Santa Clara

Nosotros, los tra­ba­ja­do­res, esta­mos habi­tua­dos a levan­tar­nos una y otra vez tras derro­tas suce­si­vas e inter­mi­na­bles, y comen­zar de nue­vo. La expe­rien­cia extraí­da de los reve­ses, con­tra­rio a la sabi­du­ría con­ven­cio­nal, encie­rra esca­sa uti­li­dad. Pero esas glo­rias de Ayacucho y Santa Clara, esa afir­ma­ción de la vida, de lo nue­vo, con­tie­nen las ense­ñan­zas indis­pen­sa­bles sobre la posi­bi­li­dad y el sen­ti­do de nues­tra victoria.

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