Abstención: un castigo merecido y contundente

Abstención: un castigo merecido y contundente

29.10.2012 | Noticias

Las elec­cio­nes muni­ci­pa­les inau­gu­ra­ron un nue­vo perío­do polí­ti­co en nues­tro país. Aproximadamente, un sesen­ta por cien­to de la pobla­ción se abs­tu­vo de votar. Fue esa la opción mayo­ri­ta­ria de los chi­le­nos. Es una expre­sión paten­te del recha­zo que pro­vo­ca el régi­men polí­ti­co y los par­ti­dos que lo sustentan.

Se les ha nega­do, en efec­to, la capa­ci­dad de repre­sen­tar a los ciu­da­da­nos. Los moti­vos de este gra­ve hecho radi­can, a su vez, en la inca­pa­ci­dad y la nega­ción de los polí­ti­cos de dar una res­pues­ta a las deman­das más bási­cas que han sido expues­tas una y otra vez: edu­ca­ción, jus­ti­cia, salud, vivienda.

Cuando más el pue­blo chi­leno nece­si­ta de la polí­ti­ca, de par­ti­dos polí­ti­cos, para que aúnen e inter­pre­ten sus nece­si­da­des e intere­ses, esas enti­da­des se sepa­ran más y más de la mayo­ría. Optan por un mun­do ima­gi­na­rio en que las dife­ren­cias en la socie­dad esta­rían refle­ja­das en dos blo­ques: uno de la Derecha y otro, de la Concertación y sus alia­dos y saté­li­tes. Además, recien­te­men­te, se les han suma­do agru­pa­cio­nes que se recla­man revo­lu­cio­na­rias, popu­la­res, y que pos­tu­lan que se pue­de modi­fi­car el sis­te­ma por medio de las vota­cio­nes, “des­de dentro”.

La lucha polí­ti­ca por la abs­ten­ción dejó en des­cu­bier­to lo ilu­so­rio de esas pre­ten­sio­nes. Nuestro par­ti­do fijó una posi­ción polí­ti­ca al res­pec­to en el momen­to exac­to en que se ini­ció el pro­ce­so elec­cio­na­rio for­mal, con la ins­crip­ción de las lis­tas, pac­tos y can­di­da­tu­ras. Organizaciones socia­les, a cuya van­guar­dia estu­vo nota­ble­men­te la ACES, hicie­ron lla­ma­mien­tos simi­la­res, enca­de­nan­do, un aspec­to de gran impor­tan­cia, la con­vo­ca­to­ria a abs­te­ner­se con la lucha por sus rei­vin­di­ca­cio­nes. Otras se suma­ron al final, cuan­do ya esta­ba cla­ro que la abs­ten­ción reci­bi­ría un res­pal­do sustantivo.

¿Hubo una res­pues­ta? ¿Se con­si­de­ra­ron las deman­das popu­la­res? ¿Se modi­fi­có la orien­ta­ción polí­ti­ca de las can­di­da­tu­ras para incor­po­rar, aun­que sea par­cial­men­te, los recla­mos no escu­cha­dos? ¿Se ana­li­zó la situa­ción, se con­tem­pló el recha­zo gene­ral al régi­men polí­ti­co y se adop­ta­ron medi­das de acuer­do a ese hecho fun­da­men­tal de la reali­dad de nues­tro país?

No. La res­pues­ta fue, es nece­sa­rio decir­lo, infan­til: una bate­ría de pro­po­si­cio­nes fala­ces y con­tra­dic­to­rias entre sí. Que votar es un deber moral -“no impor­ta por quién, pero hay que votar”-, cuan­do en reali­dad es un acto polí­ti­co, en que lo úni­co que impor­ta es ele­gir una opción sobre otra. Que no votar favo­re­ce a la Derecha, cuan­do, en reali­dad, en estas elec­cio­nes, con una abs­ten­ción his­tó­ri­ca, fue la Alianza la que bajó más que la Concertación, lo que tuvo como efec­to algu­nas derro­tas reso­nan­tes de la Derecha. Que la abs­ten­ción no ten­dría nin­gún efec­to prác­ti­co, que no sería toma­do en cuen­ta por los polí­ti­cos, cuan­do, en reali­dad, los polí­ti­cos lo pri­me­ro que olvi­dan son… a sus pro­pios elec­to­res, a los que enga­ña­ron y mintieron.

Se podría seguir, pero el pun­to es que nin­gún par­ti­do, nin­gu­na coa­li­ción, nin­gún can­di­da­to, dijo sim­ple­men­te: “no se abs­ten­gan, apó­yen­me a mí, por­que yo lucho por lo mis­mo que uste­des, ten­go los mis­mos adver­sa­rios que uste­des y me some­to al examen que uste­des reali­cen de la hones­ti­dad y serie­dad de mis pro­pues­tas y de mi tra­yec­to­ria.” Todos, todos, opta­ron, ante el desa­fío del lla­ma­do a la abs­ten­ción, a cerrar filas en torno al régi­men, a defen­der­se los unos y los otros.

La abs­ten­ción no es una res­pues­ta polí­ti­ca per­fec­ta. Tiene limi­ta­cio­nes que nacen del hecho que es la úni­ca una sali­da que deja el sis­te­ma para pro­tes­tar, para cas­ti­gar elec­to­ral­men­te a los defen­so­res de este orden injus­to. Es una señal de adver­ten­cia, para los par­ti­dos, para los diri­gen­tes, de que no que­re­mos seguir como estamos.

Debido a su masi­vi­dad, mar­ca una línea divi­so­ria que, sin embar­go, sólo pone de relie­ve la nece­si­dad de una con­duc­ción revo­lu­cio­na­ria, de una polí­ti­ca revolucionaria.

Porque la pre­gun­ta que que­da plan­tea­da hoy es la siguien­te: ¿que­re­mos este régi­men? ¿Queremos estos repre­sen­tan­tes? ¿Queremos este sistema?

Pues no los que­re­mos. No que­re­mos un reme­do de demo­cra­cia, que­re­mos el máxi­mo de demo­cra­cia: que­re­mos nues­tra pro­pia repre­sen­ta­ción, de acuer­do a nues­tros intere­ses, que­re­mos ele­gir nues­tro des­tino como per­so­nas y como pue­blo. Queremos cam­biar­lo todo.

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