La hora de la verdad

La hora de la verdad

7.1.2014 | Estrella de la Segunda Independencia

Tras las cele­bra­cio­nes del año nue­vo –la fies­ta, el encuen­tro de las fami­lias, los abrazos- rever­be­ran los augu­rios de una nue­va eta­pa. Así como ocu­rre para las per­so­nas, tam­bién suce­de con los paí­ses. Y este 2014 vie­ne car­ga­do de bue­nos aus­pi­cios. Al menos, así nos dicen: ten­dre­mos un gobierno que dará edu­ca­ción gra­tui­ta, una AFP esta­tal y un cam­bio a la constitución.

La reali­dad siem­pre es un poco más com­pli­ca­da de lo que pare­ce bajo el influ­jo de la músi­ca y la cham­pa­ña. A la hora de la ver­dad, vuel­ve el día a día de siem­pre. En el caso de las pro­me­sas elec­to­ra­les, vuel­ven los sena­do­res y dipu­tados, las comi­sio­nes de exper­tos, los con­sen­sos y “el arte de lo posible”.

refor­mis­mo

La edu­ca­ción gra­tui­ta ‑se ha señalado- se rea­li­za­ría recién en seis años más. Mientras tan­to, regi­rán los esque­mas pro­pues­tos por el gobierno de Piñera. El pro­me­ti­do fin al lucro en la ense­ñan­za secun­da­ria y bási­ca ‑se ha anticipado- obli­ga­rá a los actua­les sos­te­ne­do­res pri­va­dos a con­ver­tir­se en fun­da­cio­nes. Sólo aque­llos que dis­pon­gan de más capi­tal podrán hacer­lo en con­di­cio­nes ven­ta­jo­sas, que les per­mi­tan seguir ganan­do, aho­ra por la vía de remu­ne­ra­cio­nes como direc­to­res y nego­cios inmo­bi­lia­rios aso­cia­dos. Los otros debe­rán ven­der o fusio­nar los cole­gios, como ya vie­ne ocu­rrien­do en los meses pasa­dos. La con­se­cuen­cia será simi­lar a la impues­ta con el Transantiago: des­apa­re­cen los peque­ños pro­pie­ta­rios de las micros ama­ri­llas y asu­men el con­trol gran­des con­sor­cios capi­ta­lis­tas, finan­cia­dos por monu­men­ta­les sub­ven­cio­nes del Estado. Y al igual que con el Transantiago, si el sis­te­ma ante­rior era malo, el que lo reem­pla­za no es mejor.

En el caso de las pen­sio­nes, la AFP esta­tal ‑se ha indicado- no esta­ría abier­ta a todos los tra­ba­ja­do­res, sino sólo a cier­tos tra­mos de edad e ingre­sos. Se ha habla­do de un apor­te de los emplea­do­res a las coti­za­cio­nes, pero –así se ha prevenido- “a cam­bio” de un aumen­to de la edad de jubilación.

Y las modi­fi­ca­cio­nes a la cons­ti­tu­ción ‑ya ha que­da­do establecido- no serán for­mu­la­dos por una asam­blea cons­ti­tu­yen­te, sino por el actual Congreso, en con­sen­so con la derecha.

Otra pro­me­sa, la refor­ma tri­bu­ta­ria ‑se ha proyectado- le aumen­ta­rá los tri­bu­tos a las empre­sas, pero les reba­ja­rá los impues­tos a los empre­sa­rios. El fal­so “cré­di­to tri­bu­ta­rio” del FUT, que bene­fi­cia a los gran­des gru­pos eco­nó­mi­cos, será reem­pla­za­do por otro, la lla­ma­da depre­cia­ción ace­le­ra­da. Mientras, sere­mos noso­tros, los tra­ba­ja­do­res, los que segui­re­mos finan­cia­do el Estado a tra­vés de los impues­tos que gra­van el con­su­mo popular.

El refor­mis­mo deses­pe­ra­do pre­ten­de enfras­car­nos en sus incohe­ren­cias y con­tra­dic­cio­nes. Busca con­fun­dir sobre cuá­les son las ver­da­de­ras deman­das popu­la­res y los méto­dos para hacer­las cum­plir. Quiere hacer­nos par­te de su crisis.

los méto­dos de la lucha de clases

Pero para los tra­ba­ja­do­res la hora de la ver­dad ya ha lle­ga­do hace rato. Las recien­tes elec­cio­nes con su abs­ten­ción mayo­ri­ta­ria demos­tra­ron el ais­la­mien­to irre­me­dia­ble del régi­men polí­ti­co actual. Pusieron de mani­fies­to su inca­pa­ci­dad de con­du­cir. Dejaron en evi­den­cia las ilu­sio­nes de quie­nes decían “cana­li­zar” el descontento.

En la hora de la ver­dad, se requie­re actuar con rea­lis­mo. Las solu­cio­nes no están en el par­la­men­to, están en nues­tras manos, en nues­tra capa­ci­dad de luchar. No están en las fór­mu­las polí­ti­cas espe­cia­lí­si­mas y egoís­tas, sino en la uni­dad y en la con­fian­za en el pue­blo. No está en ilu­mi­na­dos líde­res, sino en la acción, en el tra­ba­jo cons­tan­te de orga­ni­za­ción. No están en las cúpu­las polí­ti­cas, sino en la cla­se trabajadora.

Los tra­ba­ja­do­res cono­ce­mos nues­tras tareas. Prepararnos, for­mar­nos, cons­truir una con­duc­ción, desa­rro­llar y for­mar nues­tro pro­pio poder.

Son, en defi­ni­ti­va, los méto­dos de la lucha de cla­ses: la acción, la uni­dad, la orga­ni­za­ción, la soli­da­ri­dad, la con­fian­za en nues­tras pro­pias fuer­zas. La apli­ca­ción de estas herra­mien­tas, las nues­tras, impo­ne en los demás sec­to­res de la socie­dad la nece­si­dad de defi­nir­se, de tomar par­ti­do. Si la con­fu­sión se pro­lon­ga, las solu­cio­nes serán más cos­to­sas y difíciles.

la lucha que se avecina

El rea­lis­mo que pro­po­ne­mos como base común para todos aque­llos que desean cam­bios sig­ni­fi­ca dese­char las ilu­sio­nes, las ambi­cio­nes par­ti­cu­la­res, el eli­tis­mo de quie­nes des­pre­cian al pue­blo ‑cuan­do no los vota- y que des­con­fían de su fuer­za crea­do­ra. De no adver­tir a tiem­po la hora de la ver­dad, podrían ver­se en el dile­ma que expu­so, en cla­ve reac­cio­na­ria, Alberto Edwards, según el rela­to de Manuel Rivas Vicuña: “no que­ría oír hablar de polí­ti­ca. Se había reti­ra­do de la Cámara con asco. Decía que se acer­ca­ba el día en que el Parlamento sería disuel­to a palos y que­ría ser de los apa­lea­do­res y no de los apaleados.”

La expe­rien­cia his­tó­ri­ca de la cla­se tra­ba­ja­do­res es aje­na a aque­llos deva­neos ner­vio­sos de los inte­lec­tua­les. Construye y vuel­ve levan­tar una y otra vez su orga­ni­za­ción, su fuer­za, su capa­ci­dad de lucha. Se equi­vo­can quie­nes temen, aho­ra, la lla­ma­da “coop­ta­ción” de las deman­das popu­la­res. En las actua­les con­di­cio­nes de cri­sis polí­ti­ca, el refor­mis­mo repre­sen­ta­do en el nue­vo gobierno tie­ne un doble obje­ti­vo. El pri­me­ro es aunar tem­po­ral­men­te a los com­po­nen­tes dis­per­sos del régi­men bajo una línea común. Eso lo ha logra­do, con la ayu­da invo­lun­ta­ria de quie­nes con­cu­rrie­ron a las elec­cio­nes levan­tan­do un refor­mis­mo más “crí­ti­co”.

Esos sec­to­res, cre­ye­ron ver en el lla­ma­do a la abs­ten­ción una espe­cie de opo­si­ción prin­ci­pis­ta (antes se hubie­se dicho “anar­quis­ta”, pero al pare­cer eso ha cam­bia­do). Fueron ellos los infle­xi­bles, los dog­má­ti­cos, en su afán por inte­grar­se al régi­men en cri­sis. No advir­tie­ron el carác­ter espe­cial del que están inves­ti­das las elec­cio­nes en este momen­to his­tó­ri­co con­cre­to. Pero el pue­blo, haya final­men­te vota­do o no, tie­ne una visión más cla­ra sobre la situa­ción. Por eso, el segun­do obje­ti­vo del refor­mis­mo actual, dete­ner y des­ar­ti­cu­lar el avan­ce de las luchas popu­la­res, supera sus capacidades.

Las deman­das popu­la­res, con­cre­tas, urgen­tes, inme­dia­tas no se fre­na­rán ni podrán des­pla­zar­se a la maqui­na­ria del par­la­men­to y los des­pa­chos guber­na­men­ta­les. Los chi­le­nos, recor­de­mos, ya le die­ron -¡a los mis­mos!- esa opor­tu­ni­dad en una oca­sión. En ver­dad, el famo­so pro­gra­ma de la “Nueva Mayoría” pali­de­ce en su timi­dez en com­pa­ra­ción a la pla­ta­for­ma elec­to­ral que tuvo la Concertación y Patricio Aylwin en 1989. En ese momen­to his­tó­ri­co, efec­ti­va­men­te el blo­que bur­gués y su régi­men polí­ti­co aho­ga­ron la orga­ni­za­ción, des­via­ron las deman­das, incum­plie­ron las promesas.

Pero hoy, el mun­do ya no está para pro­me­sas. Tampoco Chile. En la hora de la ver­dad, des­apa­re­cen los espe­jis­mos, y cada quien ha de tomar el lugar que le corresponde.

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7.1.2014
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