Un fallo colonial

Un fallo colonial

3.2.2014 | Estrella de la Segunda Independencia

Antoine de Saint-Exupéry cuen­ta en su “Principito” como el peque­ño lle­gó a un pla­ne­ta habi­ta­do por un hom­bre de nego­cios. Éste con­ta­ba 501.622.731 estre­llas que, decía, eran de su pro­pie­dad. Ante la obje­ción del prin­ci­pi­to de que

si yo ten­go una bufan­da, pue­do ponér­me­la al cue­llo y lle­vár­me­la. Si soy due­ño de una flor, pue­do cor­tar­la y lle­vár­me­la tam­bién. ¡Pero tú no pue­des lle­var­te las estre­llas! ‑Pero pue­do colo­car­las en un ban­co. -¿Qué quie­re decir eso?

-Quiere decir que escri­bo en un papel el núme­ro de estre­llas que ten­go y guar­do bajo lla­ve en un cajón ese papel. -¿Y eso es todo? -¡Es suficiente!”

El fallo de la Corte Internacional de Justicia sobre los lími­tes marí­ti­mos entre Chile y Perú se pare­ce mucho al razo­na­mien­to del hom­bre de nego­cios de “El Principito”.

16 hom­bres, ele­gi­dos por nadie en par­ti­cu­lar, dic­ta­mi­na­ron que, a 80 millas náu­ti­cas, la línea para­le­la que regía los domi­nios marí­ti­mos de ambos paí­ses has­ta aho­ra, debe­rá incli­nar­se hacia el sur, lo que otor­ga­ría a Perú una por­ción adi­cio­nal. En Santiago, los gober­nan­tes fin­gie­ron cier­ta decep­ción; en Lima, esce­ni­fi­ca­ron una peque­ña cele­bra­ción. Pero quién ganó y quién per­dió sigue en la oscuridad.

Las per­so­nas comu­nes, en cam­bio, obser­van con­fun­di­das el espec­tácu­lo. ¿Qué acti­tud adop­tar, si todas las fuer­zas polí­ti­cas del régi­men –des­de la UDI has­ta el PC– se ali­nea­ron detrás del gobierno y vali­da­ron con anti­ci­pa­ción el fallo? ¿Se pue­de dar rien­da suel­ta a un sen­ti­mien­to nacio­na­lis­ta? ¿O es un asun­to que sólo con­cier­ne a intere­ses empre­sa­ria­les y a “sie­te familias”?

la his­to­ria

La ver­dad es que se tra­ta de un asun­to muy serio. Los lími­tes entre Chile, Perú y Bolivia se ori­gi­nan en el con­flic­to en torno al sali­tre. La gue­rra esta­lló lue­go de que Bolivia impu­sie­ra un impues­to a la explo­ta­ción del mine­ral. Muchos han dicho que Chile fue en esa con­tien­da una herra­mien­ta de los ingle­ses para tomar con­trol y explo­tar los yaci­mien­tos del Norte Grande.

Pero la his­to­ria demues­tra que los tres paí­ses que pelea­ron eran depen­dien­tes del impe­ria­lis­mo. Alemania, Inglaterra, Francia, Estados Unidos alen­ta­ron la con­fla­gra­ción; apo­ya­ron, y ven­die­ron mate­rial béli­co a las tres nacio­nes indis­tin­ta­men­te. Los blin­da­dos que sos­tu­vie­ron los gran­des com­ba­tes nava­les, el Cochrane, el Blanco Encalada, la Independencia y el Huáscar, fue­ron cons­trui­dos en los asti­lle­ros bri­tá­ni­cos de Hull, Londres y Liverpool. En ambos lados de las trin­che­ras se enfren­ta­ban los caño­nes Krupp ale­ma­nes y los fusi­les Winchester estadounidenses.

Así, con­tra­rio a la leyen­da, Chile se impu­so no sólo por las ges­tas gue­rre­ras que hoy recor­da­mos: Arturo Prat, el Combate de La Concepción o de Sangra. Los con­ten­dien­tes pue­den igual­men­te nom­brar sus epo­pe­yas y sus héroes –Calama y Eduardo Abaroa, los boli­via­nos, o las mon­to­ne­ras de Avelino Cáceres, los peruanos.

La ver­dad es que el con­flic­to del Pacífico fue una las pri­me­ras gue­rras moder­nas que libró el impe­ria­lis­mo y, en ese sen­ti­do, fue mun­dial. Las poten­cias pusie­ron a prue­ba nue­vas tác­ti­cas, arma­men­to y meca­nis­mos de orga­ni­za­ción mili­tar. Desde los bar­cos, y en tie­rra fir­me, obser­va­do­res regis­tra­ban minu­cio­sa­men­te hechos y con­clu­sio­nes que des­pués serían apli­ca­das en la I Guerra Mundial.

Chile no ganó, enton­ces, por­que fue­ra favo­re­ci­do espe­cial­men­te por una de las poten­cias impe­ria­lis­tas, sino por cau­sas inter­nas. La Guerra del Pacífico mar­ca el ini­cio de la lucha de cla­ses moder­na en nues­tro país. Dio, a dife­ren­cia de las oli­gar­quías del Perú y Bolivia, una sin­gu­lar cohe­sión a la bur­gue­sía local. Pero tam­bién pro­pul­só a la nacien­te cla­se tra­ba­ja­do­ra. La prin­ci­pal herra­mien­ta para ello fue, jus­ta­men­te, el ejér­ci­to y la movi­li­za­ción béli­ca. En el nor­te y en el sur, con la “paci­fi­ca­ción” de la Araucanía, se alis­ta­ron los bata­llo­nes de los que for­ma­ría el núcleo de nues­tra cla­se. También en eso, el pro­le­ta­ria­do chi­leno se dis­tin­gue de sus con­gé­ne­res americanos.

La fron­te­ra sep­ten­trio­nal de Chile, enton­ces, está inde­fec­ti­ble­men­te liga­da a los intere­ses del capi­tal y del impe­ria­lis­mo. El lími­te pre­ci­so es resul­ta­do de la impo­si­ción de Estados Unidos, en el tra­ta­do de 1929. Tacna, admi­nis­tra­da duran­te déca­das por Chile, pasó a Perú, y Arica se con­vir­tió en terri­to­rio chi­leno. Del mis­mo modo, el dic­ta­do de EE.UU. selló el enclaus­tra­mien­to boli­viano. La ausen­cia de una sali­da al mar no fue un impe­di­men­to, sin embar­go, para el saqueo de sus rique­zas. El esta­ño, mono­po­li­za­do por los capi­ta­les forá­neos y su tes­ta­fe­rro local, Simón Iturri Patiño, se movía sin obs­tácu­los por ferro­ca­rri­les ingle­ses des­de Bolivia a Antofagasta y Mejillones.

Pero, tam­bién allá, bajo los cerros de Oruro y entre la dina­mi­ta, se for­ma­ba la cla­se y su deci­sión luchar.

colo­nia­lis­mo de la haya

Si esta es la his­to­ria ¿qué hace la Corte de La Haya, a estas altu­ras, en todo esto? Si su misión era cerrar un dife­ren­do, ¿por qué crea, expre­sa y cons­cien­te­men­te, uno nue­vo, por el lla­ma­do trián­gu­lo terres­tre, 300 metros de pla­ya, mina­da y desier­ta, des­ti­na­da a ser una nue­va fuen­te de con­flic­tos? ¿Si su fun­ción es resol­ver plei­tos con­for­me al dere­cho inter­na­cio­nal, por qué no ha falla­do nada con res­pec­to a las Malvinas colo­ni­za­das? ¿Por qué no se ha pro­nun­cia­do sobre la base esta­dou­ni­den­se en Guantánamo, Cuba (inclui­da su cár­cel ile­gal)? O al menos ¡que diga algo sobre el puto peñón de Gibraltar!

Pero no. La Corte de la Haya ‑y aquí está la ver­dad del fallo- ha bus­ca­do des­truir la doc­tri­na de las 200 millas marí­ti­mas, al impo­ner un lími­te arbi­tra­rio de 80 millas. Es la jus­ti­fi­ca­ción legal para el domi­nio esta­dou­ni­den­se sobre los mares, el de la fuer­za sobre el dere­cho, de la explo­ta­ción eco­nó­mi­ca sobre las posi­bi­li­da­des de desarrollo.

La decla­ra­ción de 1947 y los tra­ta­dos de 1952 y 1954, invo­ca­dos por Chile como fun­da­men­to de su defen­sa del para­le­lo, no esta­ban des­ti­na­dos, en pri­mer lugar, a sepa­rar zonas perua­nas, chi­le­nas y ecua­to­ria­nas. Su sen­ti­do era afir­mar una pro­yec­ción común hacia el océano. Su obje­ti­vo prác­ti­co, limi­tar las pre­ten­sio­nes de Estados Unidos de domi­nar los mares bajo el títu­lo jurí­di­co de “aguas internacionales”.

Todo eso ha que­da­do en entre­di­cho con el fallo de La Haya, que ha actua­do como un órgano colo­nia­lis­ta, un tri­bu­nal impe­rial. Y todo ello ocu­rrió con la aquies­cen­cia de los gobier­nos de Chile y Perú, de García y Bachelet, de Humala y Piñera. Más allá de las fra­ses patrio­te­ras, son ellos res­pon­sa­bles de ven­der los intere­ses estra­té­gi­cos de nues­tra patria ame­ri­ca­na. El fallo colo­nial de La Haya nada tie­ne que ver con la explo­ta­ción pes­que­ra actual. Las “sie­te fami­lias”, los buques fac­to­ría de todo el mun­do, segui­rán con su nego­cio. La sen­ten­cia, en cam­bio, bus­ca sen­tar un pre­ce­den­te que, bajo la apa­rien­cia del dere­cho, reafir­ma las pre­ten­sio­nes impe­ria­lis­tas sobre las Malvinas, la Antártica, el Caribe y los océanos.

la ver­da­de­ra soberanía

Nuestra posi­ción es con­tra­ria a la cesión de terri­to­rios de nin­gu­na espe­cie, bajo nin­gún títu­lo. Los cam­bios de lími­tes orques­ta­dos por impe­ria­lis­mo y las bur­gue­sías loca­les per­si­guen fines con­tra­rios a los tra­ba­ja­do­res. Se equi­vo­can aque­llos que sos­tie­nen que un revi­sio­nis­mo de las fron­te­ras pue­da favo­re­cer a la cau­sa ame­ri­ca­na. Quienes plan­tean, por ejem­plo, la con­sig­na de “mar para Bolivia”, no con­si­de­ran que sería su bur­gue­sía la que se bene­fi­cia­ría de sus even­tua­les ganancias.

El ame­ri­ca­nis­mo hoy sólo se pue­de enten­der como la cau­sa de los tra­ba­ja­do­res. Es nece­sa­rio, como pri­mer paso, un gobierno de los tra­ba­ja­do­res y la nacio­na­li­za­ción de las indus­trias estra­té­gi­cas. Especialmente, como lo com­prue­ban los com­pa­ñe­ros esti­ba­do­res en su lucha dia­ria, la nacio­na­li­za­ción de los puer­tos –los luga­res reales, y no geo­mé­tri­cos, que pro­yec­tan la tie­rra hacia el océano – , de las flo­tas mer­can­tes y pes­que­ras –los medios reales, y no las líneas en un mapa, que per­mi­ten nave­gar. Y es nece­sa­rio con­quis­tar la sobe­ra­nía ver­da­de­ra, que enfren­te al impe­ria­lis­mo y que nace de la libe­ra­ción de los hom­bres y muje­res tra­ba­ja­do­res de car­ne y hueso.

Es como diría el prin­ci­pi­to a aquel que se decía due­ño de las estrellas:

-Yo ‑dijo aún- ten­go una flor a la que rie­go todos los días; poseo tres vol­ca­nes a los que des­ho­llino todas las sema­nas, pues tam­bién me ocu­po del que está extin­gui­do; nun­ca se sabe lo que pue­de ocu­rrir. Es útil, pues, para mis vol­ca­nes y para mi flor que yo las posea. Pero tú, tú no eres nada útil para las estrellas…

El hom­bre de nego­cios abrió la boca, pero no encon­tró respuesta.”

La cau­sa ame­ri­ca­na es una tarea ardua, es una lucha que no cono­ce fronteras.

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3.2.2014
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