Frente al imperialismo: confianza en el pueblo

El imperialismo moviliza sus recursos con la expectativa de frenar un ascenso de las luchas populares. No puede, por ejemplo, en Venezuela, actuar a su antojo. Pero calcula que puede aislar a su dirigencia, que puede escudarse en las garantías democráticas para actuar en contra de la mayoría, que puede atemorizar y limitar el apoyo internacional y, sobre todo, que puede desmoralizar al pueblo, afligido por las preocupaciones cotidianas, la ausencia de avances sociales y la inacción. Sin embargo, las condiciones son distintas.
La Estrella de la Segunda Independencia Nº47

La cri­sis en Venezuela tie­ne en vilo a América Latina. Mientras la opo­si­ción inter­na bus­ca, con un éxi­to sólo par­cial, man­te­ner las mani­fes­ta­cio­nes y las pro­tes­tas, en el res­to del con­ti­nen­te todas las fuer­zas polí­ti­cas son inter­pe­la­das a tomar posi­ción a favor o en con­tra del gobierno bolivariano.

Las cau­sas de esta dis­yun­ti­va no nacen en Caracas o Maracaibo, sino en Washington y Langley. Estamos en pre­sen­cia de una extra­or­di­na­ria movi­li­za­ción, no de los ciu­da­da­nos vene­zo­la­nos, sino del impe­ria­lis­mo, que lan­za a todos sus saté­li­tes, par­ti­dos polí­ti­cos, medios de comu­ni­ca­ción y escri­bas a suel­do a incre­men­tar la pre­sión. Reinas de belle­za, can­tan­tes de sellos de Miami, los con­sa­bi­dos inte­lec­tua­les, todos se suman al obje­ti­vo de res­tar apo­yo y ais­lar a Venezuela.

Lo arti­fi­cial de este esfuer­zo sal­ta a la vis­ta. La opo­si­ción en Venezuela vie­ne de sufrir sona­das derro­tas elec­to­ra­les, sus inten­tos pre­vios de des­atar una cri­sis polí­ti­ca han fra­ca­sa­do, no ha sido capaz de con­vo­car en las calles a la mis­ma fuer­za que logró reu­nir en años ante­rio­res. ¿Por qué aho­ra, enton­ces, la ofen­si­va del imperialismo?

la experiencia de chile

Se ha dicho que la situa­ción en Venezuela se ase­me­ja mucho a la de Chile en 1973. Descontando las dife­ren­cias evi­den­tes, el papel de las Fuerzas Armadas, una corre­la­ción de fuer­zas en el con­ti­nen­te más favo­ra­ble, y una direc­ción más cohe­sio­na­da, hay más razón en esa ana­lo­gía de lo que pudie­ra pen­sar­se a pri­me­ra vis­ta. Refleja el pro­ble­ma fun­da­men­tal de todo pro­ce­so de cam­bios polí­ti­cos y socia­les, de todo pro­ce­so revo­lu­cio­na­rio: quién deten­ta el poder real y con­cre­to en la lucha de clases.

En el Chile de la Unidad Popular, el impe­ria­lis­mo esta­dou­ni­den­se se apo­yó en los par­ti­dos polí­ti­cos que le eran adic­tos, en la bur­gue­sía, y en impor­tan­tes sec­to­res de las cla­ses medias para crear una situa­ción de per­ma­nen­te des­aso­sie­go eco­nó­mi­co, social y político.

Financió y orga­ni­zó direc­ta­men­te, en octu­bre de 1972, un pro­lon­ga­do paro de los due­ños de camio­nes. Orquestó el caos eco­nó­mi­co, incen­ti­vó el des­abas­te­ci­mien­to como un medio de des­es­ta­bi­li­za­ción per­ma­nen­te que afec­ta­ría al grue­so de la pobla­ción y su moral.

Y, espe­cial­men­te, des­ple­gó una pro­pa­gan­da des­ti­na­da a aumen­tar la con­fu­sión y a debi­li­tar al adver­sa­rio. Así, en nin­gún perío­do, la Democracia Cristiana fue más enfá­ti­ca en su pré­di­ca del “socia­lis­mo comu­ni­ta­rio”, fue más acti­va en el movi­mien­to sin­di­cal, que cuan­do bus­có fre­nar las con­quis­tas par­cia­les de la cla­se tra­ba­ja­do­ra. Los mine­ros huel­guis­tas de El Teniente fue­ron aco­gi­dos en la casa cen­tral de la Universidad Católica por estu­dian­tes del gre­mia­lis­mo ultra­de­re­chis­ta que pro­cla­ma­ban su “soli­da­ri­dad” con las “jus­tas deman­das obre­ras” y fus­ti­ga­ban la “repre­sión” apli­ca­da por un Cuerpo de Carabineros “al ser­vi­cio del gobierno”.

el poder real

Los pri­me­ros inten­tos de movi­li­za­ción de la bur­gue­sía, en cam­bio, como la famo­sa “mar­cha de las muje­res”, en que las damas del barrio alto batían sus cace­ro­las decla­ran­do sufrir “ham­bre”, o las cam­pa­ñas de terro­ris­mo, rea­li­za­das por gru­pos como Patria y Libertad, no habían ren­di­do los fru­tos espe­ra­dos. Sólo habían pro­fun­di­za­do la lucha de cla­ses, habían expues­to las fuer­zas en contienda.

El impe­ria­lis­mo modi­fi­có su tác­ti­ca. En una épo­ca de movi­li­za­ción de la pobla­ción, deci­dió apun­tar direc­ta­men­te sobre las masas. Identificó y agi­tó la con­tra­dic­ción prin­ci­pal que enfren­ta­ba el gobierno de la Unidad Popular y los par­ti­dos que la com­po­nían: avan­zar o retro­ce­der en la lucha de clases.

La gra­ve cri­sis del paro de octu­bre fue dete­ni­da, no por la incor­po­ra­ción de los man­dos mili­ta­res al gobierno como se ha dicho. Fue, al con­tra­rio, la movi­li­za­ción de los tra­ba­ja­do­res, que se toma­ron las empre­sas, resis­tie­ron al paro patro­nal y comen­za­ron ejer­cer una pode­ro­sa pre­sión sobre el gobierno. El gabi­ne­te mili­tar, al revés, aumen­tó la debi­li­dad del Ejecutivo y de la UP. Significó, en los hechos, el paso pre­pa­ra­to­rio para la san­grien­ta cam­pa­ña de repre­sión eje­cu­ta­da por las Fuerzas Armadas pre­via al gol­pe del 11 de sep­tiem­bre. Con el pre­tex­to de la Ley de Control de Armas y de insu­bor­di­na­ción en sus pro­pias filas, los cuer­pos arma­dos, alla­na­ron y sabo­tea­ron fábri­cas, tor­tu­ra­ron y ase­si­na­ron a lucha­do­res más des­ta­ca­dos, todo en ple­na demo­cra­cia y bajo un gobierno popular.

En el momen­to en que había que apo­yar­se en el pue­blo, los líde­res de la UP vio­la­ron la pro­pia pre­mi­sa estra­té­gi­ca que ellos habían enar­bo­la­do y segui­rían defen­dien­do, en con­tra de toda evi­den­cia: la pres­cin­den­cia polí­ti­ca de las FF.AA.

avanzar o retroceder

Muchos sos­tie­nen hoy que el gol­pe era inevi­ta­ble: se enfren­ta­ba a un enemi­go todo­po­de­ro­so, Estados Unidos, y a la opo­si­ción de una par­te apre­cia­ble de pobla­ción. Pero quie­nes afir­man eso –los res­pon­sa­bles polí­ti­cos de la derro­ta de enton­ces– des­co­no­cen la diná­mi­ca de la lucha de cla­ses. Estados Unidos había, en los hechos, fra­ca­sa­do mise­ra­ble­men­te en sus ante­rio­res ten­ta­ti­vas de gol­pe, en sus inten­tos de derro­tar polí­ti­ca­men­te a la UP en las elec­cio­nes de 1973, y en pro­vo­car su derro­ca­mien­to median­te la pre­sión eco­nó­mi­ca y social. ¿Por qué, enton­ces, se impu­so finalmente?

La razón está en que, en una lucha de cla­ses agu­da, el que no avan­za, retro­ce­de. Lo que se deja de hacer, no que­da sim­ple­men­te en sus­pen­so, sino que va en bene­fi­cio del con­tra­rio. Si se denun­cia a la sedi­ción, no se pue­de per­mi­tir que los sedi­cio­sos usen los tri­bu­na­les y el Congreso para cons­pi­rar; si se advier­te sobre el peli­gro de una gue­rra civil, no se pue­de pre­miar y armar a sus ins­ti­ga­do­res; si se pro­cla­ma el poder de la cla­se tra­ba­ja­do­ra, éste tie­ne que ser real y con­cre­to, y no un mero dis­cur­so electoral.

40 años des­pués, la expe­rien­cia chi­le­na es de suma impor­tan­cia para el momen­to actual en nues­tra América. Al igual que enton­ces, el impe­ria­lis­mo movi­li­za sus recur­sos con la expec­ta­ti­va de fre­nar un ascen­so de las luchas popu­la­res. No pue­de, por ejem­plo, en Venezuela, actuar a su anto­jo. Pero cal­cu­la que pue­de ais­lar a su diri­gen­cia, que pue­de escu­dar­se en las garan­tías demo­crá­ti­cas para actuar en con­tra de la mayo­ría, que pue­de ate­mo­ri­zar y limi­tar el apo­yo inter­na­cio­nal y, sobre todo, que pue­de des­mo­ra­li­zar al pue­blo, afli­gi­do por las preo­cu­pa­cio­nes coti­dia­nas, la ausen­cia de avan­ces socia­les y la inacción.

la tarea de hoy

Sin embar­go, las con­di­cio­nes son dis­tin­tas. El mun­do vive bajo las con­di­cio­nes de la cri­sis gene­ral del capi­ta­lis­mo; se abren las pers­pec­ti­vas revo­lu­cio­na­rias. Hoy, la úni­ca for­ma de derro­tar a un pue­blo, es minan­do su fuer­za inter­na, su uni­dad. El úni­co modo que tie­ne el impe­ria­lis­mo para lograr sus desig­nios es impe­dir que la cla­se tra­ba­ja­do­ra asu­ma un papel con­duc­tor de la socie­dad. Las lec­cio­nes de Chile hoy son uni­ver­sa­les: el pue­blo debe tener el pro­ta­go­nis­mo, no se pue­de ceder la ini­cia­ti­va a la cla­se domi­nan­te, la revo­lu­ción debe avan­zar y pro­fun­di­zar­se en todos los pla­nos, se debe obrar siem­pre con con­fian­za incon­di­cio­nal en el pue­blo y sus fuerzas.

solidaridad

Por eso, en efec­to, hay que tomar par­ti­do. Y hay que hacer­lo aho­ra y con­cre­ta­men­te. Algunos quie­ren eva­dir esa res­pon­sa­bi­li­dad con con­di­cio­na­mien­tos y reser­vas. Dicen que hay que apo­yar “lo bueno”, pero no “lo malo”. Pero esa soli­da­ri­dad selec­ti­va pro­pi­cia la des­mo­vi­li­za­ción que, jus­ta­men­te, bus­ca el imperialismo.

Es cier­to, se pue­de ser crí­ti­co de algu­nas deci­sio­nes y medi­das del gobierno boli­va­riano, pero tomar par­ti­do sig­ni­fi­ca hacer­se par­te de una lucha, no que­dar­se a la vera del camino, como espec­ta­do­res. La lucha hoy deman­da, no decla­ra­cio­nes, sino avan­zar, pasar a la ofen­si­va en toda nues­tra América. Exige con­fian­za irres­tric­ta en el pue­blo y cons­truir del poder de la cla­se tra­ba­ja­do­ra. Es el úni­co camino.

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