Funerales de un régimen

Funerales de un régimen

21.4.2016 | Noticias

Alcanzó una edad avan­za­da, más de 90 años. Fue demo­cra­ta­cris­tiano y un cer­cano cola­bo­ra­dor del pre­si­den­te Eduardo Frei Montalva. Hizo carre­ra al ale­ro del Estado. Fue uno de los prin­ci­pa­les pro­mo­to­res del gol­pe mili­tar del 11 de sep­tiem­bre de 1973. Hablamos, por supues­to, de Sergio Arellano Stark, gene­ral de Ejército, trai­dor y asesino.

El dece­so del jefe de la Caravana de la Muerte pre­ce­dió en poco más de un mes al de Patricio Aylwin, quien fue (ya lo sabe­mos) demo­cra­ta­cris­tiano, cola­bo­ra­dor de Frei, gol­pis­ta, en fin. Y, sin embar­go, uno murió como cri­mi­nal y el otro es con­si­de­ra­do un estadista.

El golpista

Arellano y Aylwin no eran igua­les; uno mili­tar, el otro polí­ti­co; uno eje­cu­tó la masa­cre, el otro pro­pi­ció las con­di­cio­nes para que se rea­li­za­ra; uno ter­mi­na­ría ais­la­do, el otro lle­ga­ría ocu­par el más alto car­go del Estado. No, no eran igua­les, pero for­ma­ban par­te de lo mis­mo: la cons­pi­ra­ción diri­gi­da por Estados Unidos para derro­car al gobierno de Allende y gol­pear de mane­ra dura­de­ra a la orga­ni­za­ción de la cla­se tra­ba­ja­do­ra en Chile. La DC espe­cu­ló que, tras un bre­ve baño de san­gre, vol­ve­ría al poder en una demo­cra­cia con un pue­blo más some­ti­do. El impe­ria­lis­mo, sin embar­go, optó por Pinochet y un lar­go baño de san­gre, “sin pla­zos, sino metas”. El refor­mis­mo bur­gués de la DC, alen­ta­do y finan­cia­do en la déca­da de los ’60 por EE.UU., ya no corres­pon­día a las exi­gen­cias de una épo­ca mar­ca­da por el fin del lar­go ciclo de expan­sión del capi­tal lue­go de la II Guerra Mundial y por la nece­si­dad de des­truir a las fuer­zas revo­lu­cio­na­rias en América Latina.

Mientras el Mapocho se des­bor­da­ba de san­gre y cadá­ve­res, Aylwin via­jó por el mun­do defen­dien­do a la dic­ta­du­ra. Pero lue­go de un tiem­po que­dó cla­ro que la estra­te­gia demo­cra­ta­cris­tia­na había fra­ca­sa­do. El ascen­so de Pinochet, la DINA, Jaime Guzmán, etc., sig­ni­fi­có la derro­ta de la DC. En el Ejército, los hom­bres como Arellano son des­pla­za­dos: otro, como el gene­ral Óscar Bonilla, mue­re en las pro­ver­bia­les “extra­ñas circunstancias”.

En la pro­pia DC sur­gen crí­ti­cas. Sectores de ese par­ti­do y de la Iglesia Católica comien­zan a asu­mir una pos­tu­ra anti­dic­ta­to­rial. Frei y Aylwin per­ma­ne­cen impa­si­bles y dis­tan­tes de ini­cia­ti­vas como la Vicaría de la Solidaridad. Sólo en 1980, cuan­do ya se suma­ban los sig­nos de reac­ti­va­ción de las luchas popu­la­res, la Democracia Cristiana se decla­ra opo­si­to­ra al régi­men. Y nue­va­men­te, es Estados Unidos quien da el impul­so para ese giro polí­ti­co. Washington unge a la DC como futu­ro reem­pla­zo civil y demo­crá­ti­co de una dic­ta­du­ra que ya no se aco­mo­da­ba a las nece­si­da­des del capital.

El imperialismo y el régimen

En efec­to, en medio de las movi­li­za­cio­nes de masas y las luchas de cla­ses de los años ’80, se cris­ta­li­za un nue­vo y homo­gé­neo blo­que bur­gués, asen­ta­do en gran­des gru­pos eco­nó­mi­cos loca­les sur­gi­dos gra­cias al Estado, en el capi­tal forá­neo y, de mane­ra subor­di­na­da, de los capi­ta­les inter­nos meno­res. En torno a ese blo­que, se crea­ría ‑ya en ese período- un régi­men polí­ti­co a seme­jan­za de la homo­ge­nei­dad de la cla­se domi­nan­te, incor­po­ran­do a un vas­to arco de par­ti­dos polí­ti­cos, a las orga­ni­za­cio­nes empre­sa­ria­les, a las Fuerzas Armadas, a la Iglesia, medios de comu­ni­ca­ción, y la sumi­sión al impe­ria­lis­mo, entre otros com­po­nen­tes. En todo el siglo XX la cla­se domi­nan­te no había logra­do seme­jan­te gra­do de cohe­sión y, cier­ta­men­te, esa uni­for­mi­dad no ten­dría paran­gón en la América Latina contemporánea.

Es decir, mien­tras los mili­tan­tes y sim­pa­ti­zan­tes de la DC esta­ban en las calles, en las pobla­cio­nes, uni­ver­si­da­des, en el movi­mien­to sin­di­cal, etc., enfren­tán­do­se a la dic­ta­du­ra, los diri­gen­tes de su par­ti­do ya pre­pa­ra­ban la con­ti­nui­dad de esa mis­ma dic­ta­du­ra. Pero lo que debía con­ti­nuar no era la for­ma polí­ti­ca de la dic­ta­du­ra, sino de su con­te­ni­do social y eco­nó­mi­co: el aplas­ta­mien­to y la super­ex­plo­ta­ción de la cla­se tra­ba­ja­do­ra y el saqueo del país.

Patricio Aylwin demos­tró ser un diri­gen­te excep­cio­nal­men­te ade­cua­do para cola­bo­rar en esa tarea. Así lo hizo cuan­do alcan­zó la pre­si­den­cia. No dejó gran­des obras, no empren­dió refor­mas impor­tan­tes. Simplemente, ase­gu­ró la con­ti­nui­dad del blo­que bur­gués domi­nan­te que se había for­ma­do en la par­te final de la dic­ta­du­ra bajo un nue­vo régi­men polí­ti­co. Sus obje­ti­vos prin­ci­pa­les: aho­gar a las orga­ni­za­cio­nes socia­les, coop­tar y corrom­per a sus diri­gen­tes, aca­llar las deman­das y rei­vin­di­ca­cio­nes, subor­di­nar toda res­pues­ta popu­lar a los esque­mas del régi­men; crear las con­di­cio­nes para la inmi­nen­te ola de inver­sio­nes de capi­tal extran­je­ro en la mine­ría y en la explo­ta­ción de otros recur­sos natu­ra­les, y garan­ti­zar y pro­te­ger la sub­sis­ten­cia de los gru­pos eco­nó­mi­cos crea­dos median­te el saqueo del Estado duran­te la dic­ta­du­ra. Para ello tam­bién fue nece­sa­ria la des­truc­ción de las orga­ni­za­cio­nes revo­lu­cio­na­rias. La fae­na dejó varias dece­nas de muer­tes demo­crá­ti­ca­men­te impunes.

El problema moral

¿Qué deja Aylwin para la his­to­ria? Nada, excep­to un pro­ble­ma moral.

No era un inte­lec­tual, ni un hom­bre de gran volun­tad o acción. Su hori­zon­te ideo­ló­gi­co fue impre­ci­so; y su caris­ma, limi­ta­do y ambi­guo. Lo que le sir­vió fue en gran medi­da su doblez e hipo­cre­sía, su capa­ci­dad para sos­te­ner posi­cio­nes con­tra­dic­to­rias y enga­ñar a sus inter­lo­cu­to­res. Son esos los ras­gos que defi­nen la per­so­na­li­dad polí­ti­ca de Aylwin. En el medio en que se movía, esas mane­ras eran aceptadas.

Donde no se acep­tan esos méto­dos, por ser repu­tados trai­cio­ne­ros y sucios, es en el pue­blo. No tole­ra ni los medios ni los fines des­ho­nes­tos e inmo­ra­les. Y esa con­tra­dic­ción es el fon­do del lega­do his­tó­ri­co que deja Aylwin.

aylwin

Hoy, algu­nos quie­ren sal­var­lo de un jui­cio con­de­na­to­rio. Celebran su famo­sa fra­se de “la jus­ti­cia en la medi­da de lo posi­ble” como una expre­sión de mode­ra­ción y sen­sa­tez. La pre­si­den­ta de la República inclu­so decla­ró que con eso se abrió un camino al enjui­cia­mien­to de los cri­mi­na­les de la dic­ta­du­ra. La mis­ma idea fue ofre­ci­da por el máxi­mo diri­gen­te del Partido Comunista. Eso es fal­so. “Justicia en la medi­da de lo posi­ble” sig­ni­fi­ca­ba algo muy pre­ci­so: pun­to final, la apli­ca­ción gene­ral de la ley de amnis­tía, con la excep­ción de dos o tres “casos emble­má­ti­cos”. Es decir, una “jus­ti­cia” a la medi­da de los ase­si­nos. Que eso no haya resul­ta­do exac­ta­men­te así, es el resul­ta­do de las luchas en con­tra de la impu­ni­dad y, en gene­ral, fra­ca­so del dise­ño de Aylwin.

Historia viva e historia muerta

Otros lo excul­pan de haber favo­re­ci­do, duran­te a su gobierno, a Pinochet, a las ins­ti­tu­cio­nes engen­dra­das por la dic­ta­du­ra. Sostienen que es injus­to exi­gir­le una con­duc­ta dis­tin­ta. Dicen que en ese perío­do exis­tía el peli­gro de un nue­vo gol­pe. Eso es men­ti­ra. Y no sólo por­que no había con­di­cio­nes para ello ‑EE.UU. no lo hubie­se permitido‑, sino por­que la con­ser­va­ción del poder polí­ti­co de las FF.AA., de Pinochet, y la garan­tía de la impu­ni­dad del ex-dictador, era par­te sus­tan­cial del nue­vo régi­men polí­ti­co que todos sus com­po­nen­tes apo­ya­ban. Estaban de acuerdo.

Así, quie­nes hoy defien­den a Aylwin, en reali­dad sólo quie­ren sal­var­se a sí mis­mos. Lo usan, se escu­dan en su esti­lo aus­te­ro; pre­ten­den uti­li­zar los sin­gu­la­res actos inmo­ra­les de Aylwin para cubrir su inmo­ra­li­dad gene­ral, indis­cri­mi­na­da y banal. Es un tris­te final. Los pro­pó­si­tos que encar­na­ba el falle­ci­do pre­si­den­te, hace tiem­po han fra­ca­sa­do. El par­ti­do que enca­be­zó hace años ha muer­to. Y el régi­men que ayu­dó a crear sólo nece­si­ta ser ente­rra­do. Sin hono­res ni pom­pas fúnebres.

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21.4.2016
Aylwin aseguró la continuidad del bloque burgués dominante que se había formado en la parte final de la dictadura bajo un nuevo régimen político. Sus objetivos principales: ahogar a las organizaciones sociales, cooptar y corromper a sus dirigentes, acallar las demandas y reivindicaciones, subordinar toda respuesta popular a los esquemas del régimen; crear las condiciones para la inminente ola de inversiones de capital extranjero en la minería y en la explotación de otros recursos naturales, y garantizar y proteger la subsistencia de los grupos económicos creados mediante el saqueo del Estado durante la dictadura.

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