Quizás nadie se habría acordado de las elecciones municipales próximas. El único aviso fue el descubrimiento de que el Estado chileno ya no es capaz de organizarlas como se debe. Que el régimen político dominante no esté preparado para resolver ese -o ningún otro- problema, en cambio, no necesita recordatorio. Los dirigentes de los partidos del sistema enfrentaron dos opciones. Una, asegurar, como sea, la integridad del “sufragio personal, igualitario, secreto y voluntario” prescrito en la constitución y que es la base de la democracia representativa. La otra, consistía montar un pequeño e intrascendente golpe palaciego en contra de un gobierno también pequeño e intrascendente. Eligieron, por supuesto, la segunda opción. Aquella en que ninguno de ellos gana en particular y, en cambio, el daño al orden que los sustenta, es general.

Una advertencia oportuna

Nosotros advertimos que llegaríamos a esta situación. Hace cuatro años, ante las mismas circunstancias, llamamos a la abstención “activa”. Argumentamos que la masa de la población debía expresar su rechazo al régimen político dominante y levantar sus propios intereses y demandas. Dimos, entonces -y en las parlamentarias y presidenciales subsiguientes- una dura batalla política. Explicamos que nuestra postura no obedecía a eventuales consideraciones doctrinarias, sino a una fría constatación de la situación objetiva. Denunciamos los engaños e ilusiones que esparcían los partidos del sistema y las organizaciones de la “izquierda extraparlamentaria”. Alertamos que las “reformas” limitadas y mezquinas que prometía la Nueva Mayoría no se cumplirían. Y agregamos, que ello sólo profundizaría su crisis, una crisis que se resolvería en los términos y métodos que fija la lucha de clases. Es decir, en una confrontación entre las clases fundamentales de la sociedad, trabajadores y capitalistas. Se trata de una contienda en que no es posible una transacción y en que los intereses, inclinaciones y temores de las demás clases y sectores de la población quedan en un segundo plano.

Y así estamos hoy.

“Yo te dije…” es una frase siempre desagradable para el destinatario. Significa que el pasado ya no puede ser cambiado y que el presente ya no tiene solución. Si hubo una oportunidad para buscar otra salida, más “moderada”, si se quiere, más negociada, más política y, sí, más electoral, la clase dominante y su régimen la desaprovecharon.

Elecciones irrelevantes

Ante estos hechos, las elecciones y sus diferentes opciones ahora son irrelevantes. El propio régimen ha renunciado a usarlas como un medio para ensanchar su escuálido apoyo. Sabe que se enfrenta a la mayoría de la población -incluyendo a muchos de los que todavía votan por sus partidos. Por eso, no somos nosotros, son ellos los mayores promotores de la abstención.

Quienes, para variar, aún no se han dado cuenta, son las organizaciones que están fuera del régimen y quieren entrar en él. La Derecha y Concertación se concentran en movilizar a sus hoy reducidas bases de apoyo: redes clientelares entre la población y a funcionarios cuyo empleo depende del favor de operadores políticos en la administración pública. La izquierda extraparlamentaria, en tanto, se lamenta de la “desconfianza” generalizada y se desespera buscando fórmulas para “reencantar a la gente con la política”. Al mismo tiempo observan atónitos cómo esa misma gente se suma, como nunca, a las luchas del momento y a la búsqueda de un cambio auténtico, por ejemplo, en las movilizaciones del movimiento “No más AFP” o, recientemente, en contra de la violencia de las mujeres.

En este contexto, colocar la definición política y social actual en la postura respecto de las elecciones, significa, en los hechos, retroceder en cuatro o 10 años. Significa, justamente, “hacerle el juego” a los corruptos, a los grandes saqueadores  del país. No, ese no es el camino. No es ya el tiempo de advertencias. Hay que situarse en la realidad.

¡Adelante con el paro nacional!

Nuevamente: el enfrentamiento que marca nuestro tiempo se ordena en el choque entre trabajadores y capitalistas, entre la inmensa mayoría que diariamente levanta este país y a aquellos que le roban su futuro.

Aquí no hacen falta grandes campañas ni promesas. Se necesita organización, unidad y lucha. Ya sabemos que a nuestro adversario le importan un bledo las elecciones, quién las gana o cuántos participan de ellas, cuando quiere golpearnos.

Entonces, nuestra elección es clara. El próximo paso está marcado en rojo en el calendario: 4 de noviembre, paro nacional. Y el método ya está definido: golpearlos a ellos, duro y parejo, hasta que se vayan todos.

 

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