Los trabajadores de todo el mundo acometen el Primero de Mayo bajo necesidad de luchar. Así lo imponen las condiciones en que se deben desenvolver. Así lo aconseja la experiencia acumulada en las últimas décadas.
No hay otra forma. Hay que defender las conquistas y conjurar las amenazas. Y hay que abrir un camino a nuestro futuro.
Hoy, Primero de Mayo, honramos nuestras preciadas tradiciones, nuestros desfiles, actos y fiestas. Pero ya no tenemos tiempo para las peleas de siempre y los discursos trillados.
Es la hora de emprender la lucha.

Los objetivos de nuestra lucha

Según algunos, los objetivos de nuestra lucha serían “una nueva constitución democrática” y el “fin del Tribunal Constitucional”. Estas son las consignas de la CUT, y no es broma. Sus dirigentes, paralelamente, posan para la foto con los gremios empresariales y el gobierno de Piñera. Todos juntos, se declaran contentos por la “cálida y grata acogida”. Otros, por su parte, piden crear otra central sindical, pero que sea “clasista”. Y, finalmente, algunos pretenden impulsar una “iniciativa popular de ley”, como si estuviéramos en Suiza.
No. Es necesario definir los objetivos de cualquier organización. En lo inmediato, los trabajadores tenemos que luchar y vencer el plan que los grandes grupos económicos han encomendado al actual gobierno. Este consiste en cuatro puntos.
Primero, golpear el ingreso y las pensiones de los trabajadores y fortalecer las AFP. Quieren aumentar las cotizaciones y elevar la edad de jubilación de las mujeres.
Segundo, bajar los impuestos a las grandes empresas.
Tercero, un ajuste fiscal que perjudicará a los trabajadores del Estado y a los servicios a la población.
Cuarto, coartar, por distintas vías, los derechos sindicales de los trabajadores.
Quieren encubrir este plan de mil maneras: el aumento de los descuentos del sueldo es “con cargo al empleador”, la mujer va a recibir “un incentivo” si trabaja más años; los impuestos sólo se van a “simplificar”; el ajuste fiscal es sólo “austeridad”; y en cuanto a los sindicatos van a actuar por vías administrativas y no por medio de cambios legales. ¡Espléndido, pues!
Nuestra lucha no puede guiarse por las mentiras de nuestros enemigos, ni por las ilusiones que algunos siembran en nuestro seno. Tiene que ser directa y clara.
Por eso, el plan del capital que reseñamos es sólo un aspecto inmediato de nuestra lucha. No nace de la simple voluntad de un grupo o de un gobierno. Es la expresión concreta de la crisis del capital. Es, en ese sentido, una demostración de debilidad y no de fuerza.

El caos del capital

Nuestra condición en la sociedad está determinada por el orden capitalista. Pero ese orden está sumido en un caos. Sus regímenes políticos se disuelven, su sistema de bloques internacionales cobra febril vida propia. No es capaz de señalar un camino distinto al del conflicto, las guerras y el enfrentamiento social.
Las grandes potencias enfrentan los efectos de su crisis con intervenciones armadas en lejanas latitudes, como en Siria. Las guerras en el Medio Oriente son el reflejo de cómo se quiere ahogar en sangre las rebeliones de los pueblos árabes de inicio de esta década. En las naciones industrializadas, se pretende frenar con la amenaza de la guerra la organización social y política de los trabajadores que no esté alineada con los regímenes corruptos.

El quiebre en américa latina

Los regímenes políticos se desintegran y hacen imposible el camino de reformas. Así ha quedado comprobado en América Latina. Los gobiernos que se suponían progresistas o “nacionales y populares” no dan paso a la derecha, como se dice. Al revés, lo que ocurre es que se rompe la alianza, que sostenía a esos gobiernos, con los grandes grupos económicos. En Brasil, el golpe que derrocó a la presidenta Dilma Rousseff y llevó ahora al encarcelamiento de Lula da Silva, fue conducido por los propios aliados de ese gobierno. O ¡qué decir de Nicaragua! Allí, el descontento popular estalla el unísono con el término del pacto corrupto y vergonzoso entre un gobierno indigno con las cámaras empresariales y la jerarquía católica. No, este “avance de la derecha” no llega muy lejos. Sólo vuelve más inestable el precario equilibrio que se había establecido entre las clases sociales en las últimas décadas.
La línea política que se traza en toda América es la amenaza a las conquistas de los trabajadores; el intento de escamotearle sus derechos. Pero quienes la impulsan carecen de fuerza. Es una huída hacia adelante. Los gobiernos burgueses se consuelan con el cálculo de que, en el camino, ya aparecerán fuerzas políticas dispuestas a negociar los intereses del pueblo y darle respaldo. Eso es cierto. En los parlamentos de nuestros países abundan quienes irán en ayuda del capital.

La fuerza política del pueblo

Pero también deben saber que se enfrentarán a la fuerza política del pueblo. Y ese el objetivo profundo de nuestra lucha: organizar la fuerza política del pueblo. La clase trabajadora ha hecho invaluables experiencias en las últimas décadas. Ha superado los reveses históricos, le ha tomado el pulso a esta época. Ha formado líderes y luchadores nuevos, y ha despertado el espíritu de la juventud. Ha comprobado que sólo los trabajadores pueden actuar por los trabajadores. Y ha tomado conciencia de la necesidad de forjar un nuevo camino para nuestra patria, para la humanidad.
El objetivo hoy es claro. Debemos organizar esa fuerza política que se ha construido en la base, lejos de los preceptores pedantes y los politiqueros habituales. Esa organización es el paso previo, el fundamento, para un gobierno de los trabajadores. Es la hora de luchar.

 

– A DEFENDER NUESTROS DERECHOS
– A GOLPEAR A LOS EMPRESARIOS SAQUEADORES,
POLÍTICOS CORRUPTOS Y “SINDICALISTAS” VENDIDOS
– A ORGANIZAR LA FUERZA POLÍTICA DEL PUEBLO

TODO EL PODER A LOS TRABAJADORES

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