Es hora de actuar

Es hora de actuar

29.4.2020 | Estrella de la Segunda Independencia

Este Primero de Mayo no podría ser más negro. La pan­de­mia pro­yec­ta una oscu­ra som­bra sobre la vida de los tra­ba­ja­do­res. La ame­na­za es enor­me. La incer­ti­dum­bre se fil­tra en cada acto coti­diano. Hoy, los tra­ba­ja­do­res están lan­za­dos a la tarea de con­te­ner el peli­gro, de pro­te­ger a sus mayo­res y a sus hijos. Lo hacen en las peo­res con­di­cio­nes. Solos. La situa­ción mate­rial en muchos hoga­res se derrum­ba. Los des­pi­dos arre­cian. Las alzas no paran, los cobros tam­po­co. Y el futu­ro inme­dia­to pin­ta negro, negro.

Frente a la emer­gen­cia, el Estado no mere­ce con­fian­za. Al con­tra­rio, exuda opor­tu­nis­mo y fri­vo­li­dad. Políticos y empre­sa­rios, gene­ra­les y jue­ces corrup­tos sien­ten que pue­den vol­ver a sus andan­zas habi­tua­les. El levan­ta­mien­to popu­lar de octu­bre les había pues­to lími­tes. La revo­lu­ción les había mos­tra­do que había otro poder, opues­to al suyo, el poder del pue­blo. Ahora, que se impo­ne la dis­tan­cia ‑en vez de la fuerza- social, creen que, qui­zás, pue­den vol­ver como antes.

Estiman que la preo­cu­pa­ción sobre el pre­sen­te, el temor al futu­ro, harán que todos se encie­rren en su pro­pia cri­sis indi­vi­dual o fami­liar. Suponen, aca­so, que las urgen­cias eco­nó­mi­cas harán olvi­dar quie­nes son los cau­san­tes de la ver­da­de­ra cri­sis nacio­nal. Dirán que “¡el virus fue!”, no su orden injus­to, corrup­to, moribundo.

¿Tienen razón? La his­to­ria podría indi­car que sí. Las cri­sis, siem­pre, sin excep­ción, las han paga­do los tra­ba­ja­do­res. Los desas­tres eco­nó­mi­cos, las perió­di­cas rece­sio­nes, siem­pre se han supe­ra­do con el empo­bre­ci­mien­to de los tra­ba­ja­do­res, con la pér­di­da de sus bie­nes, la des­truc­ción de su exis­ten­cia y sus pro­yec­tos. Y siem­pre los gran­des empre­sa­rios, los polí­ti­cos que les siguen, y toda su ban­da, han resul­ta­do gana­do­res. La deba­cle eco­nó­mi­ca que vie­ne, tam­bién lo paga­rán los tra­ba­ja­do­res. La “nue­va nor­ma­li­dad” es que esto siga permanentemente.

¿Quieren “nor­ma­li­dad”?

Pero la cri­sis mun­dial de hoy, agu­di­za­da por una pes­te que igua­la a los paí­ses depen­dien­tes e indus­tria­li­za­dos, que abar­ca a todo el mun­do, que pone al des­cu­bier­to la inca­pa­ci­dad de un sis­te­ma y que pro­me­te penu­rias de todo tipo, esa cri­sis es tan gene­ral, que exi­ge la acción de los hom­bres y muje­res tra­ba­ja­do­res. No podrán pagar­la, aun­que quisieran.

Los tra­ba­ja­do­res con­tem­po­rá­neos se dis­tin­guen de las demás cla­ses en que su úni­ca pers­pec­ti­va es la de un cam­bio fun­da­men­tal. Nada de lo que nece­si­tan pue­de lograr­se con el orden de cosas esta­ble­ci­do. Pero, así como es hoy la cla­se revo­lu­cio­na­ria, car­ga tam­bién con ras­gos reac­cio­na­rios que le son pro­pias. El prin­ci­pal está refle­ja­do en esta fra­se: “…si maña­na igual ten­go que tra­ba­jar”. Esa idea zum­ba como mos­ca sobre cual­quier lla­ma­do a luchar, a defen­der sus dere­chos, a sumar­se a una mar­cha, a una huel­ga, a levan­tar­se y diri­gir: “para qué, si maña­na igual ten­go que tra­ba­jar”. Cuando en la maña­na no haya empleo, ni nada que hacer ¿podrán decir­lo aho­ra? A ver cómo sue­na. A ver cuán­to sir­ve la resig­na­ción, sopor­tar la tor­men­ta, aga­char la cabeza.

Hoy, quien no defien­da a su fami­lia, a sus hijos, quien no pro­te­ja a sus padres y abue­los, quien no se sume a los demás, quien no haga lo que sea nece­sa­rio, verá cómo maña­na se que­da sin nada. La cues­tión es bien sim­ple. O actua­mos o nos van a pasar por enci­ma, sin compasión.

Hay que ter­mi­nar lo que comenzamos

Así está plan­tea­do el pro­ble­ma hoy. Estamos solos y debe­mos actuar. El ini­cio ya está hecho. El levan­ta­mien­to de octu­bre demos­tró nues­tra fuer­za, nues­tra deci­sión y nues­tro poder. Fue la pri­me­ra eta­pa de la revo­lu­ción. Ahora hay que ter­mi­nar lo que empe­za­mos. Hay que ter­mi­nar con los enemi­gos del pue­blo. Ellos están jun­tos: gran­des empre­sa­rios, gobierno, polí­ti­cos, jue­ces corrup­tos, y los altos man­dos poli­cia­les y mili­ta­res. Su obje­ti­vo es sal­var su sis­te­ma, sus ganan­cias, sus coimas y pri­vi­le­gios con la con­ti­nua­ción del saqueo y des­pre­cio a la mayo­ría. No les impor­ta la emer­gen­cia ni las vidas humanas.

Terminar con esos enemi­gos sig­ni­fi­ca algo muy pre­ci­so. Hay que qui­tar­les el poder, por todos los medios posi­bles, cuan­to antes. Esto no tie­ne que ver con las elec­cio­nes, la cons­ti­tu­ción o la demo­cra­cia, sino de quién tie­ne el poder para cam­biar esta situación.

Y la situa­ción es tan gra­ve, tan peli­gro­sa, que ese poder lo sig­ni­fi­ca todo. Es lo más impor­tan­te en estos momen­tos. Por eso nece­si­ta­mos el poder, nece­si­ta­mos un gobierno de los tra­ba­ja­do­res. Nuestro pue­blo tie­ne los líde­res, los hom­bres y muje­res que pue­den asu­mir, con prin­ci­pios, con hon­ra­dez, la tarea de diri­gir el país, en cada pobla­ción, en cada ciu­dad, en cada región.

El gobierno de los tra­ba­ja­do­res va a actuar según la volun­tad del pue­blo. Va a impo­ner jus­ti­cia por todos los crí­me­nes que se han come­ti­do en con­tra de Chile.

Tendrá mag­na­ni­mi­dad para quie­nes com­pren­dan a tiem­po que deben sepa­rar­se de quie­nes ase­si­nan al pue­blo. Establecerá solu­cio­nes que sean soli­da­rias y racio­na­les a los pro­ble­mas que afli­gen al país y crea­rá las con­di­cio­nes para que el pue­blo pue­da deci­dir su régi­men polí­ti­co, eco­nó­mi­co y social.

Este Primero de Mayo no hay nada que cele­brar. Hay mucho que hacer. Hay que ter­mi­nar lo que comenzamos.

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29.4.2020
El levantamiento de octubre demostró nuestra fuerza, nuestra decisión y nuestro poder. Fue la primera etapa de la revolución. Ahora hay que terminar lo que empezamos.

Un mundo nuevo que nace

Hoy arden las calles en Atenas y en las prin­ci­pa­les ciu­da­des de Grecia. Las lla­mas son ati­za­das por un pue­blo que ya ha deja­do de lado las anti­guas pro­me­sas y los nue­vos enga­ños. El fin de la ilu­sio­nes lle­va al hom­bre a enfren­tar su reali­dad. Lo lle­va a reco­no­cer que solo no pue­de resol­ver sus pro­ble­mas, sino que debe hacer­lo como cla­se, como pue­blo, como huma­ni­dad. Ahora esta­mos en la épo­ca de la “macro­po­lí­ti­ca”. Los pue­blos se enfren­tan, no a sus des­di­chas par­ti­cu­la­res, sino a la cri­sis de un sis­te­ma mun­dial. No hay otra alter­na­ti­va. No habrá líde­res bené­vo­los, ni pla­nes fan­tás­ti­cos, ni gran­des o peque­ñas refor­mas que mejo­ren nues­tra situa­ción. Ese mun­do de las ilu­sio­nes vanas agoniza.
En el nue­vo mun­do que nace, sólo vale nues­tro esfuer­zo. Y una orien­ta­ción cla­ra y fun­da­men­tal: el poder.

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Mártires

Los sie­te tra­ba­ja­do­res en Carahue pudie­ron ser nues­tros her­ma­nos, nues­tros padres. Su muer­te nos con­mue­ve y nos recuer­da cómo, en esta socie­dad, la con­di­ción huma­na es redu­ci­da a un obje­to, de mayor o menor uti­li­dad. En el caso de estos hom­bres, ser­vían para sal­var las ganan­cias de la fores­tal Mininco, ence­rra­das en tron­cos y ramas.

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De Ayacucho a Santa Clara

Nosotros, los tra­ba­ja­do­res, esta­mos habi­tua­dos a levan­tar­nos una y otra vez tras derro­tas suce­si­vas e inter­mi­na­bles, y comen­zar de nue­vo. La expe­rien­cia extraí­da de los reve­ses, con­tra­rio a la sabi­du­ría con­ven­cio­nal, encie­rra esca­sa uti­li­dad. Pero esas glo­rias de Ayacucho y Santa Clara, esa afir­ma­ción de la vida, de lo nue­vo, con­tie­nen las ense­ñan­zas indis­pen­sa­bles sobre la posi­bi­li­dad y el sen­ti­do de nues­tra victoria.

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¡A pasar a la ofensiva!

¿Qué mani­fies­tan estos hechos? Son epi­so­dios pasa­je­ros, pero ocu­rren con cada vez mayor fre­cuen­cia e inten­si­dad, en todo el mun­do. Frente al debi­li­ta­mien­to de los regí­me­nes que le daban sus­ten­to polí­ti­co, la cla­se capi­ta­lis­ta asu­me una posi­ción defen­si­va. Es la deca­den­cia de un sis­te­ma ente­ro. Los tra­ba­ja­do­res tam­bién bus­can defen­der­se. Como con­se­cuen­cia se for­ma una espe­cie de “tie­rra de nadie”. Las dos cla­ses fun­da­men­ta­les de la socie­dad se obser­van, reple­ga­das, y espe­ran quién será el pri­me­ro en arries­gar­lo todo y dar el sal­to. Los capi­ta­lis­tas sien­ten que care­cen de las fuer­zas nece­sa­rias para ocu­par hoy ese espa­cio vacío. 

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