La derrota del régimen

La derrota del régimen

29.10.2020 | Estrella de la Segunda Independencia

El ple­bis­ci­to cons­ti­tu­cio­nal del 25 de octu­bre fue vivi­do por nues­tro pue­blo como una vic­to­ria. Nadie podrá arre­ba­tar­le su pro­ta­go­nis­mo y el sig­ni­fi­ca­do del logro obte­ni­do. Es otro triun­fo más, una nue­va demos­tra­ción de fuer­za, en el pro­ce­so ini­cia­do con el levan­ta­mien­to popu­lar de 2019.

En el reco­no­ci­mien­to de su pro­pia fuer­za, el pue­blo rei­vin­di­có sus méto­dos de lucha: antes de que se con­ta­ran los votos, recon­quis­tó la Plaza Dignidad, rom­pien­do el cer­co y la repre­sión poli­cial. Esa acción se repi­tió en muchas ciu­da­des del país. Así, el movi­mien­to popu­lar dejó en cla­ro sus inten­cio­nes; habla con su pro­pia voz.

Sus enemi­gos, en cam­bio, aún deben recu­pe­rar el alien­to. “Las elec­cio­nes no se pier­den, se expli­can”, dice un anti­guo refrán poli­ti­que­ro. Como toda fra­se cíni­ca, refle­ja una ver­dad. Las elec­cio­nes pocas veces sig­ni­fi­can un cam­bio ver­da­de­ro. Los supues­tos “gana­do­res” y “per­de­do­res” siguen igual, has­ta los siguien­tes comi­cios; nada que no se pue­da “expli­car” con efu­sio­nes retó­ri­cas y un poco de arit­mé­ti­ca “crea­ti­va”. En cam­bio, cuan­do sí ope­ra un cam­bio ver­da­de­ro, vic­to­rio­sos y derro­ta­dos no que­dan regis­tra­dos en las actas de escrutinio.

Aún así, éstas pue­den indi­car algu­nos datos evi­den­tes. Los par­ti­dos del régi­men se quie­bran la cabe­za bus­can­do dón­de están “sus” votos en colum­nas del aprue­bo y el recha­zo. Es lógi­co que pien­sen así. Si las elec­cio­nes poco cam­bian, poco cam­bia en las elec­cio­nes: la pro­por­ción entre las dis­tin­tas fuer­zas, de izquier­da, cen­tro y dere­cha, se man­tie­ne más o menos igual en el tiem­po. Pero en este caso, la divi­sión no se repre­sen­ta entre par­ti­dos y coa­li­cio­nes o doc­tri­nas cons­ti­tu­cio­na­les, sino entre cla­ses socia­les. En el puña­do de comu­nas en las que se con­cen­tran los más ricos del país, gana una opción; en las demás, don­de la mayo­ría son tra­ba­ja­do­res, se impo­ne la otra. En aque­llos sitios en que la movi­li­za­ción popu­lar fue espe­cial­men­te amplia e inten­sa, en los baluar­tes del levan­ta­mien­to, la ven­ta­ja es aún mayor que en la media nacio­nal, y el aumen­to de la par­ti­ci­pa­ción elec­to­ral, más notorio.

En ver­dad, esta vez, a los per­de­do­res les cues­ta “expli­car” esta elec­ción. Por eso, deja­ron de lado el ple­bis­ci­to y pasa­ron inme­dia­ta­men­te a “inter­pre­tar” las vota­cio­nes que aún no han ocu­rri­do, como las de la con­ven­ción cons­ti­tu­cio­nal, que pre­ten­den lle­nar de vie­jos car­ca­ma­les, segun­do­nes de dipu­tados, e “inde­pen­dien­tes” ‑una vas­ta cate­go­ría que cubre famo­sos de la tele, inte­lec­tua­les bien­in­ten­cio­na­dos, y diri­gen­tes socia­les subor­di­na­dos a los partidos.

El pue­blo derro­tó el plan del régimen

Sin embar­go, noso­tros no pode­mos seguir un pro­ce­di­mien­to tan suma­rio. Los ple­bis­ci­tos son elec­cio­nes, sí, pero de un tipo espe­cial, por­que ya supo­nen, si no un resul­ta­do pre­ci­so, una con­clu­sión polí­ti­ca deter­mi­na­da. De lo con­tra­rio ¿para qué con­vo­car­los? Cuando Napoleón Bonaparte fue ele­gi­do, en el pri­me­ro de los ple­bis­ci­tos moder­nos, cón­sul vita­li­cio de la repú­bli­ca fran­ce­sa en 1802 (el “recha­zo” de enton­ces sólo obtu­vo poco más de 8 mil votos ‑con­tra 3,6 millones‑, si le sir­ve de con­sue­lo a alguien) sólo cimen­tó el gol­pe que éste había enca­be­za­do tres años antes. O, al revés, cuan­do en 1988, la dic­ta­du­ra lla­mó a votar a favor o en con­tra de la con­ti­nui­dad de Pinochet, lo hizo obli­ga­do por el temor a la lucha popu­lar, la pre­sión del impe­ria­lis­mo y de la cla­se dominante.

En este caso, no obs­tan­te, ¿cuál era la con­clu­sión espe­ra­da? Según el obje­ti­vo ini­cial de los par­ti­dos del régi­men, votar “aprue­bo” sig­ni­fi­ca­ba apro­bar el acuer­do cerra­do el 15 de noviem­bre de 2019, “por la paz y una nue­va cons­ti­tu­ción”. Significaba, para la, lite­ral­men­te, tras­no­cha­da alian­za des­de el Frente Amplio has­ta la UDI, ter­mi­nar, des­le­gi­ti­mar, cerrar, aho­gar, en suma, derro­tar, el levan­ta­mien­to popu­lar de octu­bre y pro­te­ger al gobierno de Piñera y a los res­pon­sa­bles de la represión.

Pero la lucha con­ti­nuó. Y se enfo­có con espe­cial con­cen­tra­ción en quie­nes habían fir­ma­do el acuer­do inconsulto.

Al cons­ta­tar el fra­ca­so de su plan, la dere­cha repu­dió el pac­to o, al menos, sus con­se­cuen­cias. Demasiado debi­li­ta­da para echar mar­cha atrás, tuvo que con­for­mar­se con la opción fatal del “recha­zo”. Del ruti­na­rio cálcu­lo par­la­men­ta­rio pasó al impul­so del sui­ci­dio polí­ti­co. Unos bus­ca­ron revi­vir el pino­che­tis­mo en sus gua­ri­das tra­di­cio­na­les y en las redes socia­les; otros se mime­ti­za­ron con el “aprue­bo”; y otros, por su par­te, osci­la­ron entre una posi­ción y otra. Obviamente, al final se deci­die­ron por la peor, como Piñera, quien que­dó aca­cha­do con su famo­so “gabi­ne­te del rechazo”.

Los demás par­ti­dos del régi­men no tuvie­ron más reme­dio que seguir ade­lan­te. Pero con el derrum­be del acuer­do de noviem­bre, el ple­bis­ci­to per­dió su pro­pó­si­to. Si se con­ver­tía en una mani­fes­ta­ción más de las deman­das popu­la­res ¿de qué les ser­vi­ría? La noche del domin­go, la ale­gría popu­lar des­bor­dó las calles y pla­zas, y se con­fron­tó, como siem­pre, a la repre­sión; los jefes polí­ti­cos de la anti­gua Concertación y del Frente Amplio, en tan­to, sólo reple­ta­ron sus ofi­ci­nas y se con­fron­ta­ron a sí mis­mos. Aún des­pués de la bata­lla exi­to­sa, los estra­te­gas de los “coman­dos del aprue­bo” sabían que no era pru­den­te mez­clar­se con sus supues­tas tro­pas. Es lógi­co que sea así. Nada tie­nen en común las deman­das del pue­blo con el obje­ti­vo de man­te­ner vivo un régi­men mori­bun­do con concesiones. 

El balan­ce es cla­ro: el derro­ta­do es el régi­men. El 80 con­tra 20 por cien­to del ple­bis­ci­to no le ha dado un ápi­ce de res­pal­do y ha pro­fun­di­za­do su frag­men­ta­ción inter­na. No fre­na ni des­mo­vi­li­za, sino que vuel­ve más sóli­do al movi­mien­to popu­lar. Ellos espe­ra­ban con­sen­so y obtu­vie­ron lucha de clases.

Constitución dero­ga­da y poder legítimo 

El des­en­la­ce del ple­bis­ci­to crea una situa­ción nue­va. Y lo hace aho­ra, inme­dia­ta­men­te, no en algu­nos meses, cuan­do se cum­plan los pla­zos del lla­ma­do pro­ce­so cons­ti­tu­yen­te. Ni esta vic­to­ria del pue­blo, ni la derro­ta del régi­men son hechos definitivos.

Muchos de los que cri­ti­ca­ron el men­ta­do acuer­do de noviem­bre, indi­ca­ron que la pro­yec­ta­da con­ven­ción cons­ti­tu­cio­nal no corres­pon­de a la deman­da de una “ver­da­de­ra” asam­blea cons­ti­tu­yen­te. Por supues­to que no. Una asam­blea cons­ti­tu­yen­te autén­ti­ca­men­te demo­crá­ti­ca, expre­si­va de la sobe­ra­nía popu­lar, requie­re que antes se ter­mi­ne con el régi­men polí­ti­co exis­ten­te y con el poder de la cla­se domi­nan­te. No pue­de haber una deli­be­ra­ción libre y sobe­ra­na sobre los des­ti­nos del país, sobre la for­ma de orga­ni­zar su gobierno y de cum­plir las nece­si­da­des y anhe­los del pue­blo, mien­tras se man­ten­gan los pri­vi­le­gios y el domi­nio de los gran­des gru­pos eco­nó­mi­cos, de los capi­ta­les forá­neos, de los par­ti­dos polí­ti­cos del régi­men y su gobierno, con los altos man­dos cri­mi­na­les de las Fuerzas Armadas y de la poli­cía, con los jue­ces corrup­tos que actúan en con­tra de los intere­ses del pueblo.

Pero jus­ta­men­te ese es el con­te­ni­do, cada vez más evi­den­te, del pro­ce­so ini­cia­do con el levan­ta­mien­to de octu­bre de 2019: rom­per real­men­te con ese domi­nio. Como alguien dije­ra anta­ño, la revo­lu­ción es minu­cio­sa y rea­li­za su tarea metó­di­ca­men­te… como un topo, deba­jo de la super­fi­cie, abre su camino.

En el otro lado, el régi­men ya qui­sie­ra que una nue­va cons­ti­tu­ción pro­lon­gue su exis­ten­cia ame­na­za­da. Por eso impo­ne con­di­cio­nes y garan­tías, por eso pide que sea “míni­ma” y, en el fon­do, casi igual a la de 1980. Pero una cons­ti­tu­ción crea­da por un régi­men mori­bun­do va a ser una cons­ti­tu­ción naci­da muer­ta y su tex­to, sólo la lápi­da de un sis­te­ma caduco.

Las cons­ti­tu­cio­nes moder­nas apa­re­cen como el ori­gen del orden exis­ten­te. En reali­dad, son su con­se­cuen­cia o su refle­jo. Cuando cam­bia ese orden, les sigue un cam­bio en la cons­ti­tu­ción. Cuando Napoleón con­so­li­dó su dic­ta­du­ra, hizo apro­bar, como ya vimos, vía ple­bis­ci­to, la “Constitución del año X” (el déci­mo año de la revo­lu­ción fran­ce­sa que él esta­ba aplastando).

Cuando los esta­dos del nor­te se impu­sie­ron en la gue­rra civil, “enmen­da­ron” la cons­ti­tu­ción de Estados Unidos, prohi­bien­do la escla­vi­tud, abrien­do el camino a la expan­sión indus­trial y terri­to­rial de los Estados Unidos.

El hecho de que las cons­ti­tu­cio­nes sean un sim­ple resul­ta­do del desa­rro­llo polí­ti­co y social no sig­ni­fi­ca que aque­llas carez­can de impor­tan­cia. Le dan una for­ma a orden domi­nan­te: fijan las reglas de orga­ni­za­ción del Estado y, en la actua­li­dad, reco­no­cen cier­tos dere­chos indi­vi­dua­les y socia­les. Pero, ade­más, le otor­ga una legi­ti­mi­dad a esas nor­mas. Eso es lo que dis­tin­gue a una cons­ti­tu­ción de una sim­ple ley, de un regla­men­to o de un ban­do de una jun­ta mili­tar. En esto no hay discusión.

Pero ¿qué orden nue­vo se crea­do en Chile para una nue­va cons­ti­tu­ción y de dón­de pro­vie­ne su legitimidad?

Parte de ese pro­ble­ma ya está resuel­to. Las luchas popu­la­res, el levan­ta­mien­to de octu­bre y el ple­bis­ci­to del domin­go, han heri­do de muer­te al orden anti­guo y han eli­mi­na­do la legi­ti­mi­dad de la cons­ti­tu­ción de 1980.

Ese es el peque­ño deta­lle que los par­ti­dos del régi­men no con­si­de­ra­ron en su deses­pe­ra­ción por ter­mi­nar con el levan­ta­mien­to con un “pro­ce­so cons­ti­tu­yen­te” ama­ña­do y con­tro­la­do por ellos. El ple­bis­ci­to, en vez de rati­fi­car sus inten­cio­nes, sim­ple­men­te ¡los dejó sin su constitución!

Diputados y sena­do­res, abo­ga­dos y jue­ces, el gobierno y la Contraloría, mili­ta­res y poli­cías, pue­den jurar y reju­rar que la cons­ti­tu­ción pino­che­tis­ta ‑repu­dia­da por la pobla­ción, des­le­gi­ti­ma­da por las luchas socia­les, e inva­li­da­da en las urnas- sigue rigien­do, mien­tras no se dic­te una nue­va. Han pasa­do ape­nas un par de días des­de el ple­bis­ci­to y ya lo están invo­can­do: “¡si está escri­to en el acuer­do del régi­men; así lo dice la… cons­ti­tu­ción!” “Es cosa de ver”, dicen, “artícu­lo 135, ahí está, cla­ri­to, inci­so segun­do: ‘mien­tras no entre en vigen­cia la Nueva Constitución en la for­ma esta­ble­ci­da en este epí­gra­fe, esta Constitución segui­rá ple­na­men­te vigen­te, sin que pue­da la Convención negar­le auto­ri­dad o modificarla.’”

Sin embar­go, esa auto­ri­dad ya ha sido nega­da, no por una con­ven­ción, sino por el pue­blo de Chile. Con ella, se le ha nega­do la auto­ri­dad del gobierno, del con­gre­so, del poder judi­cial, de las fuer­zas arma­das y de cara­bi­ne­ros; con ella, se le ha nega­do la auto­ri­dad de las nor­mas que pro­te­gen el poder de los gran­des gru­pos eco­nó­mi­cos y del capi­tal extranjero.

Poder con­tra poder

Esta es la nue­va situa­ción. Se ha crea­do una espe­cie de cons­ti­tu­ción excep­cio­nal, no escri­ta, sin títu­los ni artícu­los, que refle­ja un orden polí­ti­co y social tam­bién excep­cio­nal: la con­fron­ta­ción entre el poder real del pue­blo con el poder real del vie­jo régimen. 

El poder del pue­blo ha recla­ma­do su legi­ti­mi­dad y se la ha arre­ba­ta­do al régi­men, que debe­rá, en cada momen­to, optar entre retro­ce­der a las nor­mas de Pinochet o hacer con­ce­sio­nes a la legi­ti­mi­dad repre­sen­ta­da en el poder real del pue­blo. Sólo horas des­pués del ple­bis­ci­to, diri­gen­tes de la antigua-nueva Concertación ya plan­tean disol­ver el Congreso y ter­mi­nar anti­ci­pa­da­men­te con el man­da­to de Piñera. El gobierno, ante lo que se pro­yec­ta como una nue­va derro­ta, y aún más devas­ta­do­ra, por el segun­do reti­ro del 10% de las AFP, pre­ten­de que esa exi­gen­cia popu­lar sea decla­ra­da con­tra­ria a la cons­ti­tu­ción que recién ha sido impug­na­da en el plebiscito.

Esta situa­ción, poder con­tra poder, es la que deter­mi­na todo. Todos los mane­jos del régi­men que­dan subor­di­na­dos a sus seve­ras exi­gen­cias. Todas las luchas popu­la­res se enca­mi­nan a derri­bar este últi­mo obstáculo.

Acción, orga­ni­za­ción y definición

¿Qué vie­ne aho­ra? Para el movi­mien­to popu­lar, la mayor res­pon­sa­bi­li­dad es la orga­ni­za­ción y la lucha ince­san­te por sus deman­das. Esta tarea debe basar­se en las expe­rien­cias acu­mu­la­das des­de el levan­ta­mien­to de octu­bre y en su fuer­za real: en los terri­to­rios, en la más amplia uni­dad, en la acción y en una cla­ra sepa­ra­ción entre el poder legí­ti­mo del pue­blo y el poder cadu­co del régi­men y del sis­te­ma que repre­sen­ta. Las deman­das más urgen­tes, tra­ba­jo, salud, vivien­da, edu­ca­ción, jus­ti­cia, dig­ni­dad, son el fun­da­men­to de bata­llas ascen­den­tes que se enfo­can enuna sali­da a esta situa­ción excep­cio­nal y tran­si­to­ria, en defi­nir qué poder va a prevalecer. 

Después de la cele­bra­ción del domin­go, los tra­ba­ja­do­res reanu­da­ron sus labo­res, la pobla­ción enfren­ta las mis­mas caren­cias y nece­si­da­des que no tie­nen solu­ción. Ese paso brus­co de la ale­gría a la reali­dad apre­mian­te de la lucha dia­ria debe­ría ser­vir de adver­ten­cia al régi­men. Nadie cree en las ilu­sio­nes, cada día más esté­ri­les, que siem­bran los defen­so­res del sis­te­ma. Pero avan­za, a paso de gigan­tes, la con­fian­za del pue­blo en su pro­pia fuer­za; en su poder de cam­biar­lo todo.

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29.10.2020
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