Este libro presenta una colección de escritos del Movimiento de Izquierda Revolucionaria del período comprendido entre los años 1968 a 1974. La recopilación original, realizada por militantes de esa organización que salvaron del olvido o de la destrucción muchos documentos internos, se centró en los trabajos del secretario general del MIR, Miguel Enríquez. Por ese motivo, muchos otros textos de importancia para comprender las posiciones y el pensamiento del MIR, están ausentes.

Sin embargo, las siguientes páginas demuestran que el pensamiento de Miguel Enríquez representa un desarrollo político e ideológico colectivo. En su impulso participaron otros revolucionarios destacados como Luciano Cruz, Bautista van Schouwen o Edgardo Enríquez. Y es también el resultado del trabajo de muchos militantes que contribuyeron a uno de los mayores avances políticos e ideológicos en la historia de las luchas populares en Chile y en nuestra América.

Cuando intentamos comprender el devenir de lucha revolucionaria de nuestros pueblos, frecuentemente se conocen más los mitos que la historia; se publican y divulgan las interpretaciones interesadas y no la experiencia concentrada de sus protagonistas. Esto también ocurre en el caso del MIR.

No es necesario hacer aquí un resumen de esos mitos. La burguesía, las corrientes conciliadoras, han creado una imagen falsificada del MIR con el fin de reducir su ejemplo a la impotencia.

Lo que sí es necesario señalar son las múltiples contribuciones del MIR a la lucha revolucionaria actual.

El MIR nació en la segunda mitad de los años ’60. Fue inicialmente una fusión de distintos grupos y personalidades que reflejaban un nuevo impulso revolucionario en Chile. Participó en su creación Clotario Blest, el más importante dirigente de los trabajadores organizados sindicalmente después de Luis Emilio Recabarren. Muchos tenían su origen en los partidos de izquierda, el Socialista y el Comunista. Una facción importante provenía del trotskismo. Una gran parte no había militado previamente o lo había hecho en grupos de existencia circunstancial.

Es correcto decir que el ejemplo de la Revolución Cubana, su irradiación en el continente, sirvió de base para esta confluencia. Pero es más preciso señalar que el MIR representó un desarrollo del gran salto ideológico propuesto, en el pensamiento y la acción, por Fidel Castro y Ernesto Che Guevara.

En ese desarrollo cobra importancia el trabajo del núcleo liderado por Miguel Enríquez, que va cristalizando un pensamiento revolucionario de avanzada, original y, también, separado de otras tendencias que se reclamaban seguidoras de la Revolución Cubana.

Esa separación se realizó inicialmente dentro del propio MIR, que se convirtió de una organización heterogénea en una fuerza de conducción. Este proceso se desenvuelve en medio de un enorme ascenso de las luchas populares. La joven organización adquiere importantes experiencias en la lucha de los sin casa, los trabajadores, los campesinos, los pobladores, los estudiantes. Y saca las conclusiones correctas de esas nuevas luchas: la necesidad de unificar los esfuerzos dispersos, la necesidad de fundar un trabajo de organización en la base del pueblo. Se diferencia así de los partidos tradicionales de la izquierda, que persistieron en sustituir la acción de las masas con sus tácticas políticas basadas en la conciliación con la burguesía.

Hacia fines de la década de los sesenta, esa contradicción se manifestó de manera aguda en la oposición del MIR al electoralismo preconizado por las colectividades que después conformarían la UP y postularían a Salvador Allende a la presidencia de la República. Como lo reflejan los pronunciamientos recogidos en este tomo, esa discrepancia no decía relación con una oposición entre lucha armada y “vía pacífica”, como lo quieren hacer creer los mitos que mencionamos.

El MIR sostuvo un camino basado en las luchas reales del pueblo. Las acciones armadas realizadas en ese período estaban inspiradas en lo que los revolucionarios vietnamitas llamaban “propaganda armada”, es decir, en acciones tendientes a fortalecer las luchas concretas de los trabajadores, con objetivos claramente señalados.

La diferencia de fondo radica en que el MIR comienza a gestar un verdadero programa revolucionario, en contradicción a la creencia de que, a través de múltiples etapas, se lograría un “desarrollo no-capitalista” en alianza con una fantasmagórica “burguesía nacional”.

El programa del MIR no fue una creación de gabinete, sino que respondía al avance real de la conciencia de los trabajadores. La propia plataforma de la UP tuvo considerar esa fuerza popular e incluyó como objetivo transformaciones que necesariamente iban a suscitar un choque con el imperialismo y la burguesía.

De ese modo, el MIR definió el triunfo electoral de la UP y de Salvador Allende como el inicio de una compleja fase de lucha revolucionaria o prerrevolucionaria. El MIR no sembró ilusiones con respecto al carácter que adquiría la lucha revolucionaria a partir de ese momento. Sus líderes comprendieron que el propio pueblo se había lanzado a una lucha decisiva sin contar aún con todos los instrumentos necesarios para garantizar su victoria. También se hizo evidente que deberían desplegar una incesante lucha política e ideológica en contra de las direcciones reformistas o centristas que en cada primera ocasión propicia buscarían un acuerdo con la burguesía.

Es esa lucha, de inusitadas complicaciones, la que marcaría el desarrollo del MIR. En los documentos siguientes se reflejan los distintos criterios tácticos con los que la conducción mirista enfrentó esos problemas.

En medio de las infinitas batallas diarias nació una concepción ideológica y estratégica que sintetizaremos en dos ideas: partido revolucionario y poder popular.

La noción del poder popular significa la construcción progresiva de órganos de poder, autónomos y alternativos al poder del Estado burgués, que parte desde la base social y tiene sus expresiones iniciales a nivel local. En los momentos culminantes del choque entre las clases, en 1973, el MIR llamó a la creación de “Comandos Comunales de Trabajadores en todas las comunas del país, asumiendo el control y la vigilancia de la comuna y la dirección de las luchas de la clase obrera y el pueblo; a luchar por la democratización de las Fuerzas Armadas y Carabineros y por la vigilancia y encarcelamiento de la oficialidad reaccionaria y golpista; a impulsar de esta forma con más fuerza que nunca la lucha por sustituir el Parlamento burgués por la Asamblea del Pueblo y por imponer el establecimiento de un verdadero Gobierno de los Trabajadores.”

El poder popular como estrategia significa colocar a los trabajadores ya la pueblo en la lucha de su propia liberación, en contraposición a aquellos que pretenden erigirse en jefes y dominadores de las masas, y sólo lograron abrir el camino a la claudicación, la derrota y la dominación más desembozada de los capitalistas.

La segunda contribución histórica del MIR fue su intento de construir un partido revolucionario, entendido como un factor central e indispensable de conducción. Trágicamente, la importancia de ese esfuerzo sólo quedó plenamente de manifiesto después de la derrota de proporciones históricas que significó para la clase trabajadora el golpe de Estado de septiembre de 1973. Se expresó en la iniciativa de impulsar, en las peores condiciones, una iniciativa de carácter estratégico, la Junta de Coordinación Revolucionaria, junto al PRT argentino, el MLN Tupamaros de Uruguay y el ELN boliviano. Se expresó en el intento de crear un movimiento de resistencia que ayudara a prepara una respuesta a la arremetida del enemigo. Se expresó en el ejemplo moral de sus cuadros, en su confianza en el pueblo, en su consigna “el MIR no se asila”. De nuevo el mito, propagado por quienes sí alejaron del pueblo en los momentos más duros (y que no rectificaron cuando las condiciones eran menos severas), sostiene que esa posición del MIR fue un error y que refleja una actitud “voluntarista”. La respuesta de Miguel es clara e inequívoca:  “si el MIR se exila masivamente, de hecho deserta; lo que no sólo tiene valoraciones éticas negativas, sino en el caso de Chile es renunciar a cumplir con tareas que son hoy posibles y necesarias en Chile. Si el MIR exila masivamente sus cuadros, atrasa por decisión consciente la revolución en Chile, desaprovecha condiciones favorables concretas, renuncia a su papel histórico, abandona, cuando puede y debe cumplir su papel, a la clase obrera y al pueblo a su suerte. La deserción histórica es siempre condenable por más que se disfrace de las eufemísticas argumentaciones políticas.” Es decir, la determinación de orden moral de resistir nace de una visión del partido revolucionario que no se eleva por encima de “la suerte de la clase obrera y el pueblo”, sino que siempre cumple su misión en el seno de los trabajadores.

Decíamos que fue trágico que la labor de construcción partidaria fuera puesta a prueba tardíamente, cuando los momentos propicios para un avance victorioso se habían desvanecido. Nuevamente es el propio Miguel quien indica autocríticamente las falencias en la construcción del partido revolucionario que contribuyeron a esa derrota. Habla de una “desenfrenada carrera contra el tiempo” que caracterizó el período de ascenso revolucionario en el cual  se desarrolló una “debilidad de conjunto que atravesó al partido desde su dirección hasta su base; se descuidó la formación integral de cuadros y militantes (…) y se enfrentó con ligereza el problema de la construcción partidaria (…)”

La distancia del tiempo y el esfuerzo honrado de sacar lecciones útiles de la historia, nos permiten afirmar que Miguel Enríquez y los otros cuadros del MIR subestimaron la gravedad de esas falencias. Los hechos posteriores demostraron que la destrucción del núcleo de conducción del MIR impidió que fructificara el sacrificio de sus principales dirigentes.

El MIR, como organización, persistió en base el trabajo de centenares de abnegados militantes, de veteranos cuadros como Arturo Villavela, “el Coño”, de auténticos jefes nacidos del pueblo como Miguel Cabrera Fernández, “Paine”, de jóvenes dispuestos a abrir las puertas del futuro como  Rafael y Eduardo Vergara Toledo.

Pero la conclusión desgraciada. El MIR no pudo superar aquella “debilidad de conjunto”; no logró crear la conducción revolucionaria que reclamaba la causa popular, en particular en los años de lucha popular ascendente durante la década de los ’80. En su propio seno, se reprodujeron las mismas tendencias conciliadoras, oportunistas, entreguistas, contra las cuales se había levantado en sus inicios.

Pero eso no es importante. Decíamos que conocemos más los mitos que la historia. También se integran a la categoría de los mitos, las estériles enumeraciones de errores, de reproches y acusaciones, confeccionadas después de la derrota.

La verdad es que nada de eso nos sirve. Los revolucionarios de hoy necesitamos una sobria valoración de los hechos y de los procesos históricos, pero sobre todo necesitamos de una comprensión clara de las fuerzas interiores que impulsan esos procesos. En el caso del MIR, se distinguen las ideas que rompen con la inmovilidad y la voluntad de llevarlas adelante junto al pueblo. Se distinguen los hombres y las mujeres que aceraron esa voluntad. Y esas fuerzas no caen derrotadas. Perduran, se acumulan y se descargan implacablemente. Son las fuerzas de la historia.

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Con todas las fuerzas de la historia

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