El resultado del referéndum sobre el acuerdo entre el gobierno colombiano y las FARC-EP ha sorprendido al mundo. Por un estrecho margen se impuso el No, la opción impulsada por los sectores más reaccionarios del país. El plebiscito había sido presentado como una elección histórica entre la guerra y la paz. Así las cosas, muchas personas sienten desconcierto y desazón por el inesperado desenlace.

En realidad, el resultado adverso al acuerdo simplemente desnuda la verdadera naturaleza de la negociación entre el gobierno y las Farc, y expone las circunstancias históricas en las que se cerró el trato.

Un fracaso previsible

El convenio original prevé una serie de medidas para que el alto al fuego “permanente y definitivo” sea irreversible… para las Farc, que comienzan su desmovilización. Aquí, la iniciativa política pertenece aún al gobierno, a las Farc, además de organismos internacionales y terceros estados, tal como en las conversaciones en La Habana. La siguiente etapa, sin embargo, traslada el proceso al poder legislativo, donde las distintas facciones del régimen colombiano dirimirían las leyes que constituyen la sustancia del acuerdo. Se trata, en efecto, de un nuevo proceso de negociación que daría exacta cuenta de la infinita debilidad del gobierno de José Manuel Santos y del papel de espectador desarmado de las Farc.

Nadie pudo hacerse ilusiones al respecto cuando se firmó el acuerdo. Ahora, el resultado del referéndum, cuyo dato más significativo fue una abrumadora abstención, fortalece a una de las partes que, justamente, se había quejado de no haber sido considerada: el paramilitarismo y la narcoburguesía, que tienen a su más fiel exponente político en el ex presidente y actual senador Álvaro Uribe. Un hipotético estrecho triunfo del Sí tampoco habría impedido que esos grandes promotores de la guerra impusieran sus propias condiciones para la paz.

Las negociaciones comenzaron hace varios años. Entonces, prevalecía en América Latina una situación de equilibrio inestable  que era trabajosamente mantenido por gobiernos de orientación nacionalista, que intentaban mediar entre las demandas y aspiraciones populares y los intereses de las burguesías locales y capitales extranjeros. Al término de las conversaciones en La Habana, la situación es muy distinta. Lo que rige ahora en el continente es un desastroso desequilibrio inestable.

A pocos días de la firma del acuerdo, del inicio de su desmovilización y desarme, y de haber hecho ostentación de la ausencia de cualquier plan alternativo por si algo salía mal, las Farc tienen en sus manos un contrato que no vale nada. Deberán renegociar desde una posición de máxima debilidad con… ¡Uribe!, quien ha demostrado ser suficientemente capaz de propinar un golpe devastador al alicaído gobierno de Santos, pero que carece de fuerza para agrupar en torno suyo a todas las facciones de la burguesía.

Estas eran las condiciones –impuestas por la crisis del régimen colombiano- antes del referéndum, y lo son aún más, después del fracaso del acuerdo.

Estas circunstancias influyeron en la abstención mayoritaria en el plebiscito del domingo pasado. Pero sobre todo, incide un factor olvidado: para el pueblo colombiano que se ha levantado en la lucha por sus demandas, no ha habido cese al fuego, ni oferta de paz, ni apertura del diálogo. A diario, caen asesinados militantes sindicales, campesinos e indígenas en manos de las fuerzas de seguridad, paramilitares y escuadrones de la muerte de los empresarios y terratenientes. A diario, los trabajadores son objeto de amenazas, secuestros y torturas. A diario, sufren las consecuencias de políticas antipopulares de un gobierno repudiado y aislado que se vistió con los ropajes del reconocimiento internacional hasta que tuvo que enfrentar el momento de la dura verdad.

Sólo los pueblos pueden vencer

Y sin embargo, es ese pueblo el que ha emprendido el camino de la unidad y la movilización el que tiene la llave para transformar a Colombia y de imponer, con su victoria, una paz auténtica y plena.

Hace ya ocho años, en 2008, nosotros expresamos esa misma convicción bajo la consigna “Sólo los pueblos pueden vencer”. Algunos nos cuestionaron por expresar nuestro desacuerdo con la estrategia de las Farc y con métodos que terminaban por favorecer al enemigo. Dijimos entonces: “Llama la atención el método de la toma de rehenes como una manera de forzar una negociación política. Golpea la crueldad y el descriterio con que se aplica ese procedimiento […]. La política de resistir el embate de las fuerzas equipadas y dirigidas por EE.UU. y de bregar, paralelamente, por una ‘solución negociada del conflicto’, no ha fortalecido la organización y la capacidad de lucha del pueblo.”

Se puede decir que el tiempo nos dio la razón, para bien y para mal. Las Farc terminaron con práctica de la toma de rehenes de civiles y continuaron con su objetivo de buscar un acuerdo con el enemigo a cambio de dudosas garantías y una ilusoria participación en el poder. Tal como entonces, la política de concesiones mutuas con el enemigo lleva a la derrota.

Y hoy mucho más que entonces la conclusión se ve corroborada hoy por la realidad: “Queda demostrado, una vez más, que la lucha revolucionaria es, sobre todas las cosas, un cometido moral. Si no se entiende eso, se camina hacia el fracaso. El revolucionario debe escoger siempre el bien del pueblo, debe decidirse siempre por los hombres y mujeres de la patria, siempre por la honestidad, siempre por la claridad, siempre por la justicia. […] El carácter moral de la lucha revolucionaria se funda en que la construcción de una sociedad mejor gira en torno a una transformación moral. Está ligada a la conciencia; depende del poder de los trabajadores, no sólo de producir determinados cambios económicos o políticos (una empresa que puede ser realizada por pequeños grupos) sino de liberar a todos los hombres y mujeres de la opresión que impide su desarrollo pleno.

Algunos sostienen que la época de las guerrillas ha terminado. Se equivocan. Los renovados combates por la revolución están recién comenzando. También en Colombia, que brindará las páginas más gloriosas de la liberación americana. Nosotros no damos consejos. No tenemos ambiciones de ninguna índole. Pero afirmamos una verdad elemental: serán los pueblos -será la “unidad de los trabajadores”, como decía Camilo Torres- los que están ya creando la fuerza que permitirá entablar la confrontación con los que sostienen este sistema de mentira, muerte e indignidad. Y la fuerza mancomunada de los humildes, de los creadores de una nueva civilización, vencerá.”

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