Colombia: ¡sólo los pueblos pueden vencer!

Colombia: ¡sólo los pueblos pueden vencer!

4.10.2016 | Noticias

El resul­ta­do del refe­rén­dum sobre el acuer­do entre el gobierno colom­biano y las FARC-EP ha sor­pren­di­do al mun­do. Por un estre­cho mar­gen se impu­so el No, la opción impul­sa­da por los sec­to­res más reac­cio­na­rios del país. El ple­bis­ci­to había sido pre­sen­ta­do como una elec­ción his­tó­ri­ca entre la gue­rra y la paz. Así las cosas, muchas per­so­nas sien­ten des­con­cier­to y desa­zón por el ines­pe­ra­do desenlace.

En reali­dad, el resul­ta­do adver­so al acuer­do sim­ple­men­te des­nu­da la ver­da­de­ra natu­ra­le­za de la nego­cia­ción entre el gobierno y las Farc, y expo­ne las cir­cuns­tan­cias his­tó­ri­cas en las que se cerró el trato.

Un fracaso previsible

El con­ve­nio ori­gi­nal pre­vé una serie de medi­das para que el alto al fue­go “per­ma­nen­te y defi­ni­ti­vo” sea irre­ver­si­ble… para las Farc, que comien­zan su des­mo­vi­li­za­ción. Aquí, la ini­cia­ti­va polí­ti­ca per­te­ne­ce aún al gobierno, a las Farc, ade­más de orga­nis­mos inter­na­cio­na­les y ter­ce­ros esta­dos, tal como en las con­ver­sa­cio­nes en La Habana. La siguien­te eta­pa, sin embar­go, tras­la­da el pro­ce­so al poder legis­la­ti­vo, don­de las dis­tin­tas fac­cio­nes del régi­men colom­biano diri­mi­rían las leyes que cons­ti­tu­yen la sus­tan­cia del acuer­do. Se tra­ta, en efec­to, de un nue­vo pro­ce­so de nego­cia­ción que daría exac­ta cuen­ta de la infi­ni­ta debi­li­dad del gobierno de José Manuel Santos y del papel de espec­ta­dor des­ar­ma­do de las Farc.

Nadie pudo hacer­se ilu­sio­nes al res­pec­to cuan­do se fir­mó el acuer­do. Ahora, el resul­ta­do del refe­rén­dum, cuyo dato más sig­ni­fi­ca­ti­vo fue una abru­ma­do­ra abs­ten­ción, for­ta­le­ce a una de las par­tes que, jus­ta­men­te, se había que­ja­do de no haber sido con­si­de­ra­da: el para­mi­li­ta­ris­mo y la nar­co­bur­gue­sía, que tie­nen a su más fiel expo­nen­te polí­ti­co en el ex pre­si­den­te y actual sena­dor Álvaro Uribe. Un hipo­té­ti­co estre­cho triun­fo del Sí tam­po­co habría impe­di­do que esos gran­des pro­mo­to­res de la gue­rra impu­sie­ran sus pro­pias con­di­cio­nes para la paz.

Las nego­cia­cio­nes comen­za­ron hace varios años. Entonces, pre­va­le­cía en América Latina una situa­ción de equi­li­brio ines­ta­ble  que era tra­ba­jo­sa­men­te man­te­ni­do por gobier­nos de orien­ta­ción nacio­na­lis­ta, que inten­ta­ban mediar entre las deman­das y aspi­ra­cio­nes popu­la­res y los intere­ses de las bur­gue­sías loca­les y capi­ta­les extran­je­ros. Al tér­mino de las con­ver­sa­cio­nes en La Habana, la situa­ción es muy dis­tin­ta. Lo que rige aho­ra en el con­ti­nen­te es un desas­tro­so des­equi­li­brio inestable.

A pocos días de la fir­ma del acuer­do, del ini­cio de su des­mo­vi­li­za­ción y desar­me, y de haber hecho osten­ta­ción de la ausen­cia de cual­quier plan alter­na­ti­vo por si algo salía mal, las Farc tie­nen en sus manos un con­tra­to que no vale nada. Deberán rene­go­ciar des­de una posi­ción de máxi­ma debi­li­dad con… ¡Uribe!, quien ha demos­tra­do ser sufi­cien­te­men­te capaz de pro­pi­nar un gol­pe devas­ta­dor al ali­caí­do gobierno de Santos, pero que care­ce de fuer­za para agru­par en torno suyo a todas las fac­cio­nes de la burguesía.

Estas eran las con­di­cio­nes –impues­tas por la cri­sis del régi­men colombiano- antes del refe­rén­dum, y lo son aún más, des­pués del fra­ca­so del acuerdo.

Estas cir­cuns­tan­cias influ­ye­ron en la abs­ten­ción mayo­ri­ta­ria en el ple­bis­ci­to del domin­go pasa­do. Pero sobre todo, inci­de un fac­tor olvi­da­do: para el pue­blo colom­biano que se ha levan­ta­do en la lucha por sus deman­das, no ha habi­do cese al fue­go, ni ofer­ta de paz, ni aper­tu­ra del diá­lo­go. A dia­rio, caen ase­si­na­dos mili­tan­tes sin­di­ca­les, cam­pe­si­nos e indí­ge­nas en manos de las fuer­zas de segu­ri­dad, para­mi­li­ta­res y escua­dro­nes de la muer­te de los empre­sa­rios y terra­te­nien­tes. A dia­rio, los tra­ba­ja­do­res son obje­to de ame­na­zas, secues­tros y tor­tu­ras. A dia­rio, sufren las con­se­cuen­cias de polí­ti­cas anti­po­pu­la­res de un gobierno repu­dia­do y ais­la­do que se vis­tió con los ropa­jes del reco­no­ci­mien­to inter­na­cio­nal has­ta que tuvo que enfren­tar el momen­to de la dura verdad.

Sólo los pueblos pueden vencer

Y sin embar­go, es ese pue­blo el que ha empren­di­do el camino de la uni­dad y la movi­li­za­ción el que tie­ne la lla­ve para trans­for­mar a Colombia y de impo­ner, con su vic­to­ria, una paz autén­ti­ca y plena.

Hace ya ocho años, en 2008, noso­tros expre­sa­mos esa mis­ma con­vic­ción bajo la con­sig­na “Sólo los pue­blos pue­den ven­cer”. Algunos nos cues­tio­na­ron por expre­sar nues­tro des­acuer­do con la estra­te­gia de las Farc y con méto­dos que ter­mi­na­ban por favo­re­cer al enemi­go. Dijimos enton­ces: “Llama la aten­ción el méto­do de la toma de rehe­nes como una mane­ra de for­zar una nego­cia­ción polí­ti­ca. Golpea la cruel­dad y el des­cri­te­rio con que se apli­ca ese pro­ce­di­mien­to […]. La polí­ti­ca de resis­tir el emba­te de las fuer­zas equi­pa­das y diri­gi­das por EE.UU. y de bre­gar, para­le­la­men­te, por una ‘solu­ción nego­cia­da del con­flic­to’, no ha for­ta­le­ci­do la orga­ni­za­ción y la capa­ci­dad de lucha del pueblo.”

Se pue­de decir que el tiem­po nos dio la razón, para bien y para mal. Las Farc ter­mi­na­ron con prác­ti­ca de la toma de rehe­nes de civi­les y con­ti­nua­ron con su obje­ti­vo de bus­car un acuer­do con el enemi­go a cam­bio de dudo­sas garan­tías y una ilu­so­ria par­ti­ci­pa­ción en el poder. Tal como enton­ces, la polí­ti­ca de con­ce­sio­nes mutuas con el enemi­go lle­va a la derrota.

Y hoy mucho más que enton­ces la con­clu­sión se ve corro­bo­ra­da hoy por la reali­dad: “Queda demos­tra­do, una vez más, que la lucha revo­lu­cio­na­ria es, sobre todas las cosas, un come­ti­do moral. Si no se entien­de eso, se cami­na hacia el fra­ca­so. El revo­lu­cio­na­rio debe esco­ger siem­pre el bien del pue­blo, debe deci­dir­se siem­pre por los hom­bres y muje­res de la patria, siem­pre por la hones­ti­dad, siem­pre por la cla­ri­dad, siem­pre por la jus­ti­cia. […] El carác­ter moral de la lucha revo­lu­cio­na­ria se fun­da en que la cons­truc­ción de una socie­dad mejor gira en torno a una trans­for­ma­ción moral. Está liga­da a la con­cien­cia; depen­de del poder de los tra­ba­ja­do­res, no sólo de pro­du­cir deter­mi­na­dos cam­bios eco­nó­mi­cos o polí­ti­cos (una empre­sa que pue­de ser rea­li­za­da por peque­ños gru­pos) sino de libe­rar a todos los hom­bres y muje­res de la opre­sión que impi­de su desa­rro­llo pleno.

Algunos sos­tie­nen que la épo­ca de las gue­rri­llas ha ter­mi­na­do. Se equi­vo­can. Los reno­va­dos com­ba­tes por la revo­lu­ción están recién comen­zan­do. También en Colombia, que brin­da­rá las pági­nas más glo­rio­sas de la libe­ra­ción ame­ri­ca­na. Nosotros no damos con­se­jos. No tene­mos ambi­cio­nes de nin­gu­na índo­le. Pero afir­ma­mos una ver­dad ele­men­tal: serán los pue­blos ‑será la “uni­dad de los tra­ba­ja­do­res”, como decía Camilo Torres- los que están ya crean­do la fuer­za que per­mi­ti­rá enta­blar la con­fron­ta­ción con los que sos­tie­nen este sis­te­ma de men­ti­ra, muer­te e indig­ni­dad. Y la fuer­za man­co­mu­na­da de los humil­des, de los crea­do­res de una nue­va civi­li­za­ción, vencerá.”

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4.10.2016
Para el pueblo colombiano que se ha levantado en la lucha por sus demandas, no ha habido cese al fuego, ni oferta de paz, ni apertura del diálogo. A diario, caen asesinados militantes sindicales, campesinos e indígenas en manos de las fuerzas de seguridad, paramilitares y escuadrones de la muerte de los empresarios y terratenientes. A diario, los trabajadores son objeto de amenazas, secuestros y torturas. A diario, sufren las consecuencias de políticas antipopulares de un gobierno repudiado y aislado que se vistió con los ropajes del reconocimiento internacional hasta que tuvo que enfrentar el momento de la dura verdad.

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