Ha muerto Fidel. El mundo entero se inclina en señal de respeto. Dignatarios de todos los países, muchos de ellos adversarios de su pensamiento y de su acción, expresan su reconocimiento a su estatura histórica. Organizaciones políticas y sociales, dirigentes populares y luchadores, manifiestan su dolor por el deceso de un gran líder.

Los pueblos, sin embargo, los humildes, los trabajadores de América y en toda la tierra, sienten la partida de Fidel como una enorme ausencia que abre la muerte de un padre, de un abuelo, de un hermano mayor, de un amigo, que siempre estuvo presente cuando la necesidad lo demandó.

Cuando finalicen los discursos y los saludos, las ceremonias y las demostraciones de pesar, para los olvidados, los golpeados, los humillados, el recuerdo de Fidel continuará ahí, vivo, presente, en cada momento de adversidad, en cada rayo de esperanza.

El camino de Fidel

Fidel Alejandro Castro Ruz llegó a los 90 años de edad. Su fallecimiento coincide con el 50° aniversario del zarpe del “Granma” en el puerto de Tuxpan, México, con destino a Cuba. La pequeña nave cargaba una expedición de 82 hombres y la voluntad de todo un pueblo. El barco naufragó, el grupo fue atacado por el enemigo y dispersado. El plan de llegar a la Sierra Maestra para iniciar una campaña de guerrillas, parecía perdido. Tras la confusión, la captura y la muerte de muchos de los combatientes, parte de los sobrevivientes logró reencontrarse en un sector de la sierra denominado Cinco Palmas, el 18 diciembre de 1956. Tras abrazarse con su hermano Raúl, lo primero que preguntó Fidel fue: “¿cuántos fusiles traes?” “Cinco”, replicó Raúl. “Y dos que tengo yo, siete. ¡Ahora sí ganamos la guerra!”

Esa confianza inquebrantable siempre desesperó a sus enemigos y a los timoratos, pues les enrostraba, en todo instante, la superioridad de la causa por la que luchaba Fidel. No es raro, entonces, que ahora, cuando ya no está, esos mismos enemigos lo ensalcen y exalten. No llama la atención que los mediocres y los dubitativos eleven su personalidad a los cielos. Creen que les será reconocida su generosidad de otorgarle un sitio en el panteón de la historia donde, esperan, Fidel descansará por siempre.

Calculan mal. Fidel nunca descansó. Se sumó muy joven a las luchas populares de Cuba, asimiló y absorbió los combates de los pueblos americanos -incluso, fue testigo del Bogotazo tras el asesinato de Eliecer Gaitán en 1948. El líder, el conductor, nació de ese trabajo, de la incorporación de la experiencia viva de las masas. El levantamiento del 26 de julio de 1953, que debía partir con el asalto a los cuarteles Céspedes y Moncada, en Bayamo y Santiago de Cuba, respectivamente, terminó en un terrible revés. Y, sin embargo, a pesar de los golpes, fue una victoria. Fidel convirtió el juicio en contra de los revolucionarios en una acusación en contra de la dictadura de Batista; plasmó las demandas populares en un programa de lucha concreto por la dignidad, la independencia y libertad de Cuba; y llamó al protagonismo del pueblo. “En cuanto a mí, -concluyó su alegato- sé que la cárcel será dura como no la ha sido nunca para nadie, preñada de amenazas, de ruin y cobarde ensañamiento, pero no la temo, como no temo la furia del tirano miserable que arrancó la vida a setenta hermanos míos. Condenadme, no importa. La historia me absolverá”.

Las fuerzas de la historia

La opinión dominante, es decir, la opinión de la clase dominante, le concede dadivosamente un lugar en la historia a Fidel. Pero no son ellos los jueces en esta materia. Olvidan, en su afán de convertir a Fidel en un ídolo inerte e inofensivo, que él no buscó entrar en la historia, sino que trabajó para que la historia se hiciera parte de su acción. En eso se diferencia de quienes tras las derrotas se declaran vencidos, de quienes conciben la lucha política como mero cálculo de poder, de quienes no consideran la humanidad como el contenido de la praxis, de quienes estiman que para ser revolucionario basta enarbolar una doctrina y un carnet partidario.

Fidel se enfrentó en todo momento a esas concepciones. Por eso, concibió la posibilidad y la necesidad de una revolución en el país más dominado por el imperialismo estadounidense. Por eso, se lanzó a la lucha en el momento de mayor poderío relativo de ese imperio. Por eso, persiguió consecuentemente, desde el triunfo mismo de la revolución, una acción decidida para liberar a los demás países del continente. Por eso, promovió el internacionalismo y la solidaridad con las naciones oprimidas de África y Asia. Por eso, enfrentó con firmeza y realismo el derrumbe de la Unión Soviética, y el prolongado período de crisis máxima en el plano económico e internacional que le siguió.

El resultado histórico nacido de esa voluntad, de esa “comprensión de las necesidades de su tiempo y de su mundo”, como decía Hegel, está ahí, presente. Está presente en la existencia de una Cuba que ha resistido los embates de la mayor potencia del mundo y que ha defendido su independencia, su dignidad y las conquistas sociales de la revolución, a pesar de todo. Está presente en el hecho de que en Sudáfrica ya no rija el sistema del apartheid, vencido por la lucha incansable de su pueblo y por el sacrificio de miles de combatientes cubanos que propinaron en Cuito Canavale una derrota estratégica al poderío militar de los racistas. Está presente en la independencia de Angola y Namibia, debido a la misma acción internacionalista, que no tiene igual en el mundo. Está presente en el triunfo de la revolución nicaragüense en 1979. Está presente en el apoyo, que no ahorró en nada, como bien sabemos -o deberíamos saber- en la lucha de nuestro pueblo en contra de la dictadura de Pinochet. Está presente en la ayuda vital que brindó Fidel personalmente a Hugo Chávez durante el golpe de 2002 en Venezuela. Está presente en que países como Nigeria hayan podido contener la pandemia del ébola, gracias a la intervención de brigadas cubanas de médicos que no actúan motivados por el dinero, sino por el sentido del deber.

Cada una de estas gestas es obra de millones de hombres y mujeres. Y en cada villa miseria, en cada población, en cada favela, en cada barrio, en los caseríos rurales y suburbios donde se congregan los explotados del mundo, se camina un poco más firme, un poco más erguido, un poco más orgulloso, debido a esas victorias.

 

Confianza en el pueblo

Se podrá, si se quiere, identificar este legado con Fidel Castro, quien dirigió, decidió, condujo e inspiró una conducta revolucionaria constante. Pero Fidel es sólo un hombre. Su grandeza no puede ser medida por la confianza que muchos depositaron en él. El rasgo auténticamente excepcional de Fidel es que su acción estuvo siempre guiada por una confianza infinita en el pueblo y sus capacidades.

Muchos de los dirigentes y militantes políticos de izquierda que hoy, con indudable sinceridad del sentimiento, pero con escasa comprensión, elogian a Fidel, olvidan ese hecho. Se fijan en el hombre que murió y lo consideran formidable. Creen, acaso, que deben guardar una cierta fidelidad, compuesta de admiración y loas. Pero ¿de qué sirve? Enfrentados a cualquiera de las disyuntivas que marcaron el camino de Fidel, ellos retrocederían. Argumentarían que Cuba es el último país del continente en el que es posible una revolución. Defenderían las elecciones por encima de la lucha revolucionaria abierta, pues esta no tiene futuro y es un “aventurerismo pequeñoburgués”. Ante los embates de Washington, recomendarían ceder, pues se trata de un adversario demasiado poderoso. No le encontrarían sentido desviar vitales recursos a lejanos países y a pueblos que nada tienen que ver con nosotros. Dirían que hay que proceder pausadamente, ya que el pueblo es pasivo, ignorante y está embrutecido por el consumismo.

Si uno se fija bien, no hace falta el modo condicional. No lo dirían. Es lo que dicen, cotidiana y majaderamente. Así, estos seguidores de Fidel se unen a sus detractores, que quieren condenarlo a ser una figura de una época pasada. Un “hombre del siglo XX”.

La Segunda Independencia

Bueno, quizás se queden cortos. La revolución cubana pertenece a la familia de las grandes revoluciones modernas, en que los trabajadores son la clase fundamental. Pero esas revoluciones tienen su primera expresión distintiva en la Comuna de París de ¡1871! es decir, el siglo XIX.

Y, no obstante, esa clasificación tampoco basta. Porque, del mismo modo que la revolución cubana está en una línea con el octubre soviético, también representa algo enteramente nuevo, y que fue reconocido y moldeado por Fidel. Es la primera revolución del proceso de la Segunda Independencia de América. Cuba es el primer territorio liberado del continente, luego de ser la última colonia española.

Y la revolución americana, la segunda independencia, está entre las necesidades de nuestro tiempo y nuestro mundo. Las condiciones son extraordinariamente distintas a las que enfrentó Fidel antes de emprender el asalto al Moncada, antes de embarcarse en Tuxpan, antes de la victoria de Santa Clara y del ingreso La Habana y Santiago de Cuba, antes del período de luchas revolucionarias de los años ’60, antes de la invasión de los mercenarios, antes de la crisis de los misiles o antes de la misión internacionalista en Angola. Se trata de una época de una crisis general del capital; del declive del poder del imperialismo; de la desintegración de sus regímenes e instituciones políticas; de un crecimiento sin precedentes de la clase trabajadora en el mundo; de una activación de las luchas de las masas a nivel global. Es una época en que la urgencia de un cambio fundamental es patente e impostergable. Y es el tiempo en que nuestro continente, debido a la valiosa experiencia acumulada en décadas de lucha, debe tomar la vanguardia.

La segunda independencia, la revolución americana, se basa -fijando, aquí sí, importantes distinciones de grado y calidad con respecto a los procesos del siglo XX- sobre el principio del protagonismo de los pueblos, del desarrollo de su actividad creadora, de una conducción más amplia y más directa de las masas en lucha, de un sentido moral más formado, y una preclara conciencia del valor de la unidad. La revolución americana se ajusta a la definición que propusiera Fidel: “Revolución es sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado; es igualdad y libertad plenas; es ser tratado y tratar a los demás como seres humanos; es emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos; es desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional; es defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio; es modestia, desinterés, altruismo, solidaridad y heroísmo; es luchar con audacia, inteligencia y realismo; es no mentir jamás ni violar principios éticos; es convicción profunda de que no existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y las ideas. Revolución es unidad, es independencia, es luchar por nuestros sueños de justicia para Cuba y para el mundo, que es la base de nuestro patriotismo, nuestro socialismo y nuestro internacionalismo.”

Este perfil de la liberación ha sido delineado a través del pensamiento y la acción de revolucionarios que son los pioneros de la revolución americana. Son muchos los que han abierto el camino. Pero no hay duda que los que le han dado una relevancia decididamente universal son Ernesto Guevara y Fidel Castro.

Por eso, en todo el mundo, cuando suenen los nombres de esos hombres nuestros, que se esforzaron por elevarse a la altura de los pueblos, se alzarán miles y miles de voces que afirmarán con convicción y fuerza: ¡Presente!

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