2019.Un nuevo año. Cuando nos abrazamos con los nuestros y nos deseamos algo mejor, también sabíamos que el año que viene será tan duro como el anterior.

Porque este año no subirán los sueldos, ni bajarán las deudas. Este año no llegaremos más temprano a casa a estar con nuestros hijos. Este año no serán más cortas las colas en el consultorio, ni atenderán mejor a los enfermos. Este año el colegio seguirá sin agua y papel en el baño, y sin futuro en la sala de clases. Este año los narcos no dejarán de vender droga, allá en la esquina, y la policía seguirá mirando al otro lado. Este año las jubilaciones no mejorarán; las AFP, por supuesto, no se cansarán de saquear. Este año el combustible y las cuentas no bajarán. Este año nuestras hijas no estarán seguras en las calles. Este año no terminará el estado de sitio en las tierras mapuche. Este año las grandes empresas no dejarán de envenenar los mares y los territorios. Este año no habrá menos desvergüenza y corrupción entre los diputados y senadores. Este año, el gobierno no dejará de mentir. Este año, Carabineros no dejará de matar y todos los jefes militares no pararán de robar. Este año los dueños de nuestro país no cesarán de venderlo, pedacito a pedacito, al mejor postor.

Este año, nadie les dará una voz a los trabajadores en los asuntos públicos; nadie reconocerá su importancia ni promoverá su participación más justa en la riqueza nacional. Este año, el nombre de Chile no estará representado por quienes actúan animados por la comprensión, la honradez, la inteligencia, la generosidad y el sentido de sacrificio por los demás. Nada de esto ocurrirá en 2019.

Pero, algo sí va a pasar este año. Y es que el pueblo de Chile se lanzará a una gran lucha. Este año la unidad auténtica entre nuestra gente marcará el camino para cambiarlo todo. Este año golpearemos a los corruptos, explotadores y asesinos que se aferran a su dominio. Este año terminaremos con la podredumbre y el saqueo que se impone sobre nuestra patria. Este año derrotaremos a quienes pretenden imponer el engaño y la mentira, a los políticos traicioneros, a los pusilánimes, a los que actúan por interés propio. Este año nos organizaremos. Este año nos daremos dirigentes honestos, y sacaremos a los vendidos. Este año saldremos a las calles. Este año nos haremos cargo de nuestros asuntos, aplicaremos nuestras soluciones, impondremos nuestras decisiones. Este año, vamos a mostrar nuestro poder.

Y este año nos vamos a lanzar a la conquista de todo el poder para los trabajadores.

Porque este año, daremos inicio a nuestro futuro como pueblo, como hombres y mujeres trabajadores.

 

La revolución que viene

Esta lucha no nace de la simple voluntad. Es parte de una gran tendencia de nuestra época: el protagonismo de los pueblos. El siglo que vivimos está marcado por las rebeliones populares.

Son tantas, que muchas ya están olvidadas: en enero de 2000, comenzó con el derrocamiento de un gobierno corrupto en Ecuador, luego de que una gigantesca marcha se tomara la capital. Y sigue en estos mismos días en Francia, donde un impresionante ejército popular, ataviado del más simple de los uniformes -los chalecos amarillos que están guardados en las maletas de los autos- se lanza a la batalla, una y otra vez, en las rotondas y los bulevares.

Veinte años lleva el siglo XXI, veinte años de un mundo de revueltas, levantamientos y revoluciones. Algunas han sido locales, como en Magallanes en 2010 o en la Décima Región en 2016. Otras han abarcado varios países al mismo tiempo, como la llamada primavera árabe. En algunas, la voluntad de lucha ha sido aplastada con guerras, como en Libia o Siria. En otras, las fuerzas populares han hecho su propia guerra para defenderse, como en Donetsk y Lugansk. En algunas, han arrancado pequeñas victorias parciales, en otras, la respuesta del enemigo ha sido catastrófica. En algunas, las demandas estaban claras desde el inicio, en otras, se fueron cristalizando en el curso de la acción.

Pero en todas está presente un factor común: la demanda de urgentes mejoras sociales para las grandes mayorías, el fin de regímenes políticos corruptos y la exigencia de un reconocimiento del protagonismo radical de los pueblos que se expresa en la acción y con el método de la unidad, que excede con creces a los movimientos políticos, sociales y religiosos existentes.

Se dibuja, así, el perfil de la revolución que viene.

 

La lucha es por el futuro

Ninguna de las grandes movilizaciones populares de las últimas décadas ha dejado un cambio duradero en el sistema político, económico y social de Chile.

La rebelión de la juventud, expresada en los sucesivos movimientos populares por la educación, no ha redundado en cambio que señale un auténtico futuro para nuestros hijos. Al revés, los comerciantes de colegios y universidades siguen haciendo su negocio.

El monumental movimiento de “No+AFP” no ha frenado en un ápice el saqueo a los trabajadores, ni la miseria de los jubilados. Al contrario, ahora se pretende aumentar las cotizaciones y la edad legal de jubilación, en beneficio directo de las mismas AFP.

Las constantes luchas de los trabajadores no han mejorado su situación. Aun las victorias transitorias y parciales tienen un dejo de derrota. E, incluso, ahora se quiere atacar nuevamente sus conquistas históricas y desconocer sus derechos.

Los pobladores, organizados en sus territorios, y con frecuencia unidos en levantamientos de carácter local y regional, siguen siendo olvidados y despreciados.

El movimiento de las mujeres, con sus planteamientos radicales que exigen un cambio fundamental en favor de la humanidad, aparece circunscrito a medidas limitadas y, muchas veces, simbólicas. En cambio, es usado por el gobierno, políticos, empresas, ONGs y medios de comunicación, que se blanquean y convierten un requerimiento urgente, en un espectáculo.

Y, pese a todo eso, ni los jóvenes, ni las mujeres, ni los pobladores, han dejado de luchar. La clase trabajadora vuelve, una y otra vez, a la carga. ¿Por qué? La causa es que, en cada movilización, en cada asamblea, en cada petitorio, en cada formulación de las demandas necesarias, el movimiento del pueblo encierra la promesa de un cambio fundamental, la exigencia de cambiarlo todo.

El llamamiento que hacemos es convertir esa promesa en un objetivo concreto: el poder. El poder significa la capacidad de proyectar un futuro, es decir la capacidad de dirigir la sociedad con justicia, razón, trabajo, solidaridad y libertad.

Ese ese el papel histórico de la revolución que viene.

 

Un sistema caduco

Quienes hoy dominan han perdido la capacidad de señalar un futuro. A la revolución se opone un sistema en descomposición. Se trata de una crisis general del capital.

Sus efectos específicos son muchos.

El orden económico se desquicia. Ya nadie cree que ahora se imponga una recuperación significativa tras la gran depresión de 2007-2008. Al contrario, muchos se preparan para una nueva crisis.

Los regímenes políticos en todo el mundo experimentan duros golpes, desde afuera… y de adentro. Cuando no son los pueblos los que levantan su protesta independiente, son los propios gobernantes que crean el caos, como Trump en Estados Unidos.

Con los regímenes políticos, sucumbe también el orden internacional establecido después de la Guerra Fría y tras el fin de la Unión Soviética.

En reemplazo del del sistema unipolar, centrado en los Estados Unidos, las grandes potencias buscan conformar nuevos bloques políticos y económicos. En Europa, domina Alemania; en el hemisferio occidental, Estados Unidos; y en el sudeste asiático, China.

Pero no se trata de una salida a las crisis. Son sus efectos que la profundizan. Por ejemplo, Estados Unidos tiene el poderío militar suficiente para equiparar a todos los demás bloques, pero carece de la fuerza para ejercer un dominio permanente. La ascendente China, que deslumbra al mundo por su sostenida industrialización, sigue siendo una nación dependiente de mercados internacionales que no controla y del capital financiero dominado por Estados Unidos. Y la Unión Europea se deshace en sus márgenes y en su propio centro, como ocurre con el Brexit. Otras grandes potencias, notablemente Rusia, por su capacidad militar, pero también Japón y otros países como la India, deberán buscar su lugar en este realineamiento.

Este panorama aumenta la probabilidad de las guerras y de conflictos internos atizados por los choques de intereses entre las grandes potencias. Y también está claro el inmenso costo que significa esta perspectiva para los pueblos.

En América Latina, se derrumbaron los gobiernos “nacionales y populares”. Ya no están Chávez, Correa, Lula da Silva o los Kirchner. Y poco queda de su gestión. Eso es inevitable. Todos ellos buscaban establecer un equilibrio, aunque inestable, entre distintos grupos de capitalistas y las masas populares. Para ello aumentaron, y no disminuyeron, la dependencia de los capitales extranjeros. La causa de su hundimiento radica en esa contradicción fundamental.

Las fuerzas de derecha que los han reemplazado ya no pretenden balancear las cosas. Sólo quieren algo de estabilidad en el desequilibrio que suscitan sus medidas. Pero no logran. Macri tiene al país frente al abismo y sólo se salva gracias al Fondo Monetario Internacional. En Brasil, surge Bolsonaro, manejado por los militares, en medio de la ruina de la economía y un régimen político hecho trizas.

En Chile, la situación se repite. A menos un año de haber asumido, el gobierno de Piñera está en el suelo. La razón es muy simple. No le ha cumplido a nadie. Prometió más empleos, y la cesantía aumenta. Prometió más ganancias a los empresarios, y las agencias financieras internacionales le bajan a nota su gobierno.

En realidad, Piñera se mantiene únicamente por el respaldo del más inaudito de los conciertos políticos: un gran bloque, que va desde el Frente Amplio a la UDI. Un bloque unido en el único afán de mantener el sistema que les da prebendas y una cuota de poder a sus dirigentes. Es cierto, también se enfrentan entre ellos. Pelean por cuotas de poder, cargos y prebendas; se ofenden y piden disculpas mutuamente. En verdad, sus diferencias internas parecen enormes. Y sí: son tan grandes como los espectaculares combates de lucha libre o las cachetadas que se dan los payasos en el circo.

Debajo de la superficie, se negocia todo. Una reforma de pensiones en favor de las AFP, la reforma tributaria en favor de los ricos y una reforma laboral en favor de los empresarios. Se negocia la corrupción, se negocia la justicia, se negocian los derechos de los trabajadores.

Bajo la desvergüenza late la desesperación. Ninguno de los partidos políticos, ningún sector de la clase dominante, cree que puede sobrevivir solo. Ninguno se cree realmente capaz de gobernar con un programa propio. Ninguno se atreve a rendir cuentas a la sociedad. Por eso se juntan. Se juntan para aplicar medidas en contra de los trabajadores, para darle impunidad a los corruptos y los asesinos; en definitiva, ellos se unen para mantener un orden social injusto, explotador y sin destino alguno.

He ahí el contenido contemporáneo de nuestra “democracia”. Es la negación misma del pueblo, de sus necesidades y de su voluntad. Y es la aparente elevación del régimen político y de su anodino personal a la cúspide de la sociedad. Están convencidos que los chilenos están hechos a su medida: cobardes, egoístas, traicioneros, frívolos y ciegos. No ven que, en realidad, no dirigen nada. En su actual condición, Chile es un país dependiente y sin futuro. No ven que la dominación que se ejerce sobre su pueblo se sostiene sobre pies de barro. Y no vislumbran la rebelión que se avecina.

La democracia actual ha quedado reducida a la actividad interna del régimen político dominante y sus componentes: el gran capital financiero, los grupos económicos internos, el aparato militar corrupto, la Iglesia católica desacreditada, los consorcios de los medios de comunicación, los partidos políticos del sistema y una larga sucesión de entidades. Hoy, votar por un candidato es, en realidad, apoyar al otro, pues todos ellos sólo buscan salvar el sistema y su propio lugar en él.

Es hora de terminar con todo esto. Es hora de luchar por un gobierno de los trabajadores. El contenido de una auténtica renovación democrática sólo puede ser la plena satisfacción de las demandas sociales de los chilenos. Por eso, la tarea del momento es constituir la dirección de esa lucha, la base de un gobierno de los trabajadores que expulse del poder a los remanentes de quienes defienden y se benefician del sistema.

 

Las demandas de Chile

El programa que nosotros levantamos es éste:

  1. Gobierno de los trabajadores
  • Este sistema no puede seguir. ¡Que se vayan los políticos, los corruptos y vendidos! Hay que terminar con la burocracia y los negociados
  • La solución es que el país sea conducido de acuerdo al interés común de los trabajadores y sus familias
  • ¡Ninguna decisión sin el pueblo!
  • ¡Todo el poder a los trabajadores!

 

  1. Nacionalización de las industrias estratégicas
  • El cobre para Chile: recuperación total de todas las riquezas nacionales para el país.
  • Agua, luz, gas y servicios sanitarios no pueden seguir en manos de los monopolios; deben beneficiar a los chilenos
  • Nacionalización de la banca y del sector financiero
  • Condonación de las deudas personales de los trabajadores y fin al fraude de las AFP
  • Control de los trabajadores de las empresas fundamentales para el funcionamiento de la economía.
  • Plan nacional de desarrollo

 

  1. Educación, salud, vivienda
  • Educación gratuita, universal e igualitaria para todos
  • Toda familia chilena, una casa digna
  • Salud gratuita, avanzada y humana
  • ¡Para el pueblo, lo mejor!

 

  1. Un ejército del pueblo
  • El poder de las armas debe defender y subordinarse al pueblo, no a los ricos y a potencias extranjeras
  • Hay que disolver los actuales aparatos militares del Estado.
  • Debemos construir una nueva fuerza armada, consciente y patriótica, de todo el pueblo.

 

  1. La lucha por la Segunda Independencia de América
  • Chile debe estar a la vanguardia de la lucha por una América grande, unida y respetada entre todas las naciones
  • Hoy, la clase trabajadora es la continuadora del sueño de los Libertadores: una América libre y unida que inspire a la humanidad en la construcción de un mundo nuevo.

 

Todo el poder

El joven siglo XXI ha sido tajante. Ha dejado en evidencia la irrelevancia histórica del reformismo, la impotencia absoluta de quienes comercian la ilusión de mejorar el capitalismo. Dicho sea de paso… ¿Dónde están hoy? ¿Qué hacen? No pretenden ya remozar el sistema. Sólo quieren conservarlo.

Pero el siglo XXI, en su primer empuje, también ha demostrado la renovada fuerza de los pueblos. Y ha remarcado, con dureza, sus límites, cada vez que éstos han carecido de una conducción definida.

Y en estas dos primeras décadas se ha planteado la urgencia del gran problema de nuestra época: el futuro, la definición de un rumbo que corresponda a las necesidades de la humanidad y a valores atesorados por los trabajadores de todo el mundo.

Se trata de una tarea auténticamente revolucionaria, es decir, una tarea de justicia, de honradez, de dignidad, de solidaridad y de libertad.

Cerrados todos los caminos por la violencia, la indiferencia o la incapacidad de los ricos, el pueblo debe proponerse un programa político que no consista ya en una suma de exigencias parciales, sino que concentre todas las demandas inmediatas en un objetivo único: el poder, todo el poder a los trabajadores. No hay otro camino.

Esta labor impone grandes exigencias a todas las organizaciones, a todos los hombres y mujeres que se reconocen como revolucionarios. No se puede admitir, en esta época histórica, el afán de derrota, el aislamiento inútil, el conservadurismo y la pasividad. No hay tiempo para contemplaciones cuando ya resuena el llamado a la acción.

Ese es el llamamiento que hacemos nuestro y que queremos amplificar. El tiempo de la preparación, de la espera, del examen y escrutinio, ha concluido. Si todo eso ha de tener algún valor, debe fundirse con la experiencia de los trabajadores y sus las luchas reales. Y debe fijarse un objetivo: derrocar este régimen podrido e imponer un gobierno de los trabajadores.

Convocamos a un gran encuentro de todas las fuerzas revolucionarias que levantan la bandera de un cambio fundamental en favor de la clase trabajadora, que rechazan el régimen corrupto y que comprendan la necesidad de lanzarse a la lucha. La unidad de nuestro pueblo requiere de una dirección que señale abierta y honestamente sus objetivos, que se confronte a un adversario obstinado y torvo, y que se ponga en la primera línea de combate.

El método es el de la acción incesante en todo momento, en todo lugar: golpear a los saqueadores de nuestras riquezas, golpear a los corruptos y asesinos; levantar a las organizaciones de nuestro pueblo y las movilizaciones por nuestras demandas más urgentes; elevar la unidad como criterio rector de la lucha; organizar el poder de la clase trabajadora; y agrupar la fuerza irresistible de los hombres y mujeres, de los jóvenes, de nuestro pueblo.

Será la fuerza de quienes no quieren esperar más, de quienes ponen la rectitud y la honradez por encima del interés personal y del miedo, de quienes actúan contra la injusticia siempre, de quienes reconocen la belleza y la razón, de quienes se orientan por el futuro.

 

La victoria será obra de todo pueblo. Será el legado que dejaremos a nuestros hijos.

¡Por el sacrificio de nuestros padres,

por el futuro de nuestros hijos!

PARTIDO DE LOS TRABAJADORES

Chile, enero 2019

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