150 años: la Comuna de París

150 años: la Comuna de París

26.3.2021 | Publicaciones

Hace 150 años se esta­ble­ció por pri­me­ra vez en la his­to­ria moder­na un gobierno de los tra­ba­ja­do­res. Este hecho se cono­ce como la Comuna de París. Duró ape­nas dos meses, antes de ser aplas­ta­da a san­gre y fue­go. Una vez sepul­ta­dos los muer­tos, des­te­rra­dos los sobre­vi­vien­tes y humi­lla­dos sus hijos, todo vol­vió a su cauce.

¿Qué sig­ni­fi­ca­do pue­de tener un acon­te­ci­mien­to tan pasa­je­ro, una anéc­do­ta, ape­nas, de la his­to­ria? Y aun aque­llos que ven en los obje­ti­vos que se pro­pu­so la Comuna un signo de avan­ce, de la posi­bi­li­dad de una socie­dad mejor ¿pue­den real­men­te tomar una derro­ta tan reso­nan­te y ‑a la vez- leja­na, como un mode­lo para hoy?

Y, sin embar­go, los pro­ble­mas que enfren­tó la Comuna no son aje­nos a los que vivi­mos hoy: un régi­men polí­ti­co repu­dia­do, un capi­ta­lis­mo inca­paz de ofre­cer una pers­pec­ti­va para el futu­ro, una cri­sis gene­ra­li­za­da, y una cla­se tra­ba­ja­do­ra que es pri­va­da de su ver­da­de­ro lugar en la sociedad.

Los pio­ne­ros siem­pre com­par­ten el olvi­do y el des­dén que sufren los ven­ci­dos. Pero son pio­ne­ros. Dejemos que hablen los hechos antes de juz­gar a quie­nes sim­ple­men­te son los primeros.

Una socie­dad en crisis

De Louis Bonaparte, o Napoleón III, como se hizo lla­mar, a dife­ren­cia de su famo­so tío adop­ti­vo, el Napoleón pri­me­ro, no se recuer­dan códi­gos de leyes o con­quis­tas con­ti­nen­ta­les. Queda, tal vez, un bigo­te estra­fa­la­rio y la ver­güen­za de un empe­ra­dor cau­ti­vo en manos de los pru­sia­nos. Pero en su momen­to, este hom­bre apa­ren­te­men­te ano­dino fue el sím­bo­lo de una cla­se que bus­ca­ba en las glo­rias del pasa­do, la jus­ti­fi­ca­ción de su razón de ser: el saqueo, el robo, la rapi­ña, el enga­ño, la explo­ta­ción. La bur­gue­sía fran­ce­sa, como nin­gu­na otra en Europa, vivía bajo el peli­gro de una revo­lu­ción. Su pro­pio ascen­so tenía su ori­gen en un acto revo­lu­cio­na­rio. Y su expan­sión capi­ta­lis­ta e impe­rial reque­ría de hom­bres capa­ces de con­te­ner y aplas­tar el sur­gi­mien­to de otra cla­se, los trabajadores.

Louis Bonaparte fue el hom­bre indi­ca­do para esa tarea. De líder social pasó a cam­peón par­la­men­ta­rio, de pre­si­den­te repu­bli­cano, al fin, a empe­ra­dor. En cada cri­sis apa­re­cía con el dis­cur­so exac­to. Prometió refor­mas a los tra­ba­ja­do­res, satis­fac­cio­nes a la peque­ña bur­gue­sía y pro­tec­ción a los cam­pe­si­nos pro­pie­ta­rios. Pero sólo cum­plió con una cla­se, la bur­gue­sía, que lo eri­gió como cabe­za de un régi­men aco­sa­do por la revo­lu­ción: las ges­tas de 1831, de 1848, de las gran­des luchas de los trabajadores. 

Pocas veces, un solo hom­bre, y tan insig­ni­fi­can­te, repre­sen­tó mejor el domi­nio errá­ti­co de una cla­se ente­ra. La corrup­ción, el frau­de bur­sá­til, las aven­tu­ras impe­ria­les ‑como la fra­ca­sa­da expe­di­ción de Maximiliano de Habsburgo en México y las inter­ven­cio­nes en Italia- con­fi­gu­ra­ban el retra­to de la cri­sis. Pero quie­nes la sufrían eran los tra­ba­ja­do­res, con el des­em­pleo, sala­rios de ham­bre, jor­na­das exte­nuan­tes, el tra­ba­jo infan­til, pros­ti­tu­ción clan­des­ti­na, insa­lu­bri­dad. La res­pues­ta fue la orga­ni­za­ción. Surgieron los sin­di­ca­tos, clu­bes de dis­cu­sión, socie­da­des secre­tas, círcu­los edu­ca­ti­vos y cul­tu­ra­les. Y un gran hito: la Asociación Internacional de Trabajadores -la Internacional- y su lema cate­gó­ri­co: “la libe­ra­ción de los tra­ba­ja­do­res sólo pue­de ser obra de los tra­ba­ja­do­res mismos”.

Había vuel­to a ron­dar el fantasma.

Ante el desas­tre, el impe­rio deci­de jugar su últi­ma car­ta, la de siem­pre: la gue­rra. Prusia se había for­ta­le­ci­do. La alian­za entre la bur­gue­sía y los terra­te­nien­tes jun­ker había some­ti­do bajo su hege­mo­nía a la atra­sa­da Austria-Hungría y la plé­ya­de de prin­ci­pa­dos ale­ma­nes. Faltaba un solo hecho para con­su­mar la con­cen­tra­ción del poder en esa coa­li­ción de cla­ses. Y Napoleón se la ofre­ce en ban­de­ja. Mientras en Alemania la peque­ña bur­gue­sía cele­bra la inva­sión fran­ce­sa como una opor­tu­ni­dad de rei­vin­di­ca­ción nacio­nal, los líde­res obre­ros en el par­la­men­to pru­siano, Liebknecht y Bebel, man­tie­nen los prin­ci­pios inter­na­cio­na­lis­tas, pese al escar­nio y los ataques.

La gue­rra fue a gran esca­la, libra­da con méto­dos moder­nos… y bre­ve. Rápidamente, el grue­so del con­tin­gen­te fran­cés cayó en Sedán ante las tro­pas pru­sia­nas y Napoleón fue hecho prisionero.

El pue­blo es lla­ma­do a sal­var la patria

Había lle­ga­do la hora de los repu­bli­ca­nos, de la izquier­da peque­ño­bur­gue­sa. Liberada de la omni­pre­sen­cia del empe­ra­dor, era el momen­to este­lar de los perio­dis­tas, inte­lec­tua­les y ora­do­res. Liberté, Egalité, Fraternité, Asamblea Constituyente y, sí, la República.

Pero seguía el pro­ble­ma de los ale­ma­nes, que no se deja­ron impre­sio­nar por los dis­cur­sos de los nue­vos tri­bu­nos. Sus fuer­zas seguían avan­zan­do con direc­ción a París. La situa­ción se vol­vía deses­pe­ra­da: el ejér­ci­to de línea, cau­ti­vo y des­ban­da­do; los fon­dos de la nación, ago­ta­dos; y en la reta­guar­dia, la mise­ria económica.

Los nue­vos líde­res pidie­ron ayu­da al pue­blo ham­brien­to. Que se sacri­fi­ca­ra un poco más, que dona­ra lo que le que­da­ra para finan­ciar la defen­sa de la patria. ¿Quién podría desoír ese llamado?

¿Y qué hacer con los miles y miles de tra­ba­ja­do­res des­ocu­pa­dos? ¿No serían un peli­gro dejar­los así, solos, en medio de la con­fu­sión gene­ral? Los jefes de la segun­da repú­bli­ca cre­ye­ron dar con la solu­ción: uni­for­mes, vie­jos fusi­les, y 1,50 fran­cos dia­rios de paga. Se creó así la Guardia Nacional, la fuer­za terri­to­rial de defen­sa de la Francia sitiada. 

Se con­ver­ti­ría en un ejér­ci­to for­mi­da­ble, aun­que de un tipo dis­tin­to de los tra­di­cio­na­les. La cons­crip­ción a esta mili­cia popu­lar, pues ese era su carác­ter, agru­pó a poco menos de medio millón de hom­bres bajo armas. En la capi­tal París, sitia­da y bom­bar­dea­da por los pru­sia­nos, el con­tin­gen­te sumó unos 220 mil efec­ti­vos. Su arma­men­to era pobre y su man­do, ini­cial­men­te a car­go del esta­do mayor del ejér­ci­to, trai­cio­ne­ro. Los jefes mili­ta­res derro­tis­tas sólo anti­ci­pa­ron lo que des­pués haría, for­mal­men­te, el gobierno repu­bli­cano. Constituida en la segu­ra Burdeos, la Asamblea Nacional eli­ge a Adolphe Thiers como pre­si­den­te. Político, vivi­dor e inte­lec­tual –es autor de 10 pesa­dos volú­me­nes sobre la Revolución Francesa- pac­ta sin demo­ra un armis­ti­cio con los pru­sia­nos que les entre­ga el con­trol de París. Sin embar­go, los inva­so­res no osa­ron ocu­par la ciu­dad y des­ar­mar ellos a la Guardia Nacional. Bismarck exi­gió que esa labor fue­ra cum­pli­da por el nue­vo gobierno.

Además, las auto­ri­da­des, que nece­si­ta­ban cum­plir con las exi­gen­cias de los ale­ma­nes, habían decre­ta­do un plan de ajus­te. El gobierno dis­pu­so el pago inme­dia­to de todas las letras, alqui­le­res y deu­das, cuyo cobro se había sus­pen­di­do duran­te el sitio a París. En los hechos, eso sig­ni­fi­ca­ba la rui­na inme­dia­ta de miles de talle­res y peque­ñas tien­das. Se deja de pagar el suel­do a los miem­bros de la Guardia Nacional. Centenares de miles de tra­ba­ja­do­res son lan­za­dos a la miseria. 

Fue enton­ces cuan­do se des­ató el asun­to de los caño­nes. La capi­tal con­ta­ba con más de 300 pie­zas de arti­lle­ría que habían sido com­pra­das gra­cias a una sus­crip­ción popu­lar. El gobierno exi­ge la devo­lu­ción de los peli­gro­sos caño­nes, el pri­mer paso para disol­ver la aún más peli­gro­sa Guardia Nacional.

Los pari­si­nos se rebe­lan en con­tra de la deci­sión. Los comi­tés dis­tri­ta­les de la Guardia Nacional eli­gen un comi­té cen­tral. Un con­tem­po­rá­neo rela­ta: “se encar­gó a una comi­sión que redac­ta­se los esta­tu­tos, cada dis­tri­to repre­sen­ta­do en la sala –die­cio­cho de veinte- nom­bró inme­dia­ta­men­te un comi­sa­rio. ¿Quiénes son?, ¿los agi­ta­do­res del sitio, los socia­lis­tas de la Corderie, los escri­to­res de fama? Nada de eso, no hay entre los ele­gi­dos nin­gún hom­bre que ten­ga una noto­rie­dad cualquiera.”

El Comité Central orde­na defen­der los caño­nes y la toma de los edi­fi­cios públi­cos. “Las pri­me­ras que se lan­za­ron fue­ron las muje­res, lo mis­mo que en las jor­na­das de la Revolución. […] Rodean las ame­tra­lla­do­ras, incre­pan a los jefes de pie­za: ‘¡Es indigno! ¿Qué hacéis aquí?’ Los sol­da­dos se callan. A veces, un sub­ofi­cial dice: ‘Vamos, bue­nas muje­res, váyan­se de aquí.’ La voz no es adus­ta; las muje­res se quedan.”

Apremiados por la Guardia Nacional, los sol­da­dos regu­la­res deci­den pasar­se a sus filas. La resis­ten­cia de algu­nos ofi­cia­les es ven­ci­da rápi­da­men­te; sus ins­ti­ga­do­res, fusi­la­dos. A las 11 de la maña­na el poder en París le per­te­ne­ce al Comité Central. Es el 18 de mar­zo de 1871. Nace un nue­vo gobierno en la capital.

Pero los hom­bres que habían asu­mi­do las rien­das de la prin­ci­pal ciu­dad del país se com­por­ta­ron de un modo ines­pe­ra­do. Ellos, diri­gen­tes anó­ni­mos desig­na­dos por sus com­pa­ñe­ros de armas, deci­den con­vo­car a elec­cio­nes en todos los barrios para la cons­ti­tu­ción de la Comuna. Los dele­ga­dos decla­ran al pue­blo: “Aquí tie­nes los pode­res que nos has con­fia­do; don­de empe­za­ría nues­tro inte­rés per­so­nal aca­ba nues­tro deber; haz tu volun­tad. Señor nues­tro, te has hecho libre. Oscuros hace algu­nos días, nos vol­ve­re­mos oscu­ra­men­te a tus filas demos­tran­do a los gober­nan­tes que es posi­ble bajar con la fren­te muy alta las esca­le­ras de tu Hôtel de Ville [la sede de la muni­ci­pa­li­dad], con la segu­ri­dad de encon­trar al pie de ellas el apre­tón de tu leal y robus­ta mano.”

Pero hacen valer su auto­ri­dad y esti­ma­ción entre los veci­nos con una reco­men­da­ción a los elec­to­res: evi­tar a los can­di­da­tos de las cla­ses posee­do­ras y con­fiar sólo en los suyos. “Los hom­bres que mejor les ser­vi­rán son aque­llos ele­gi­dos de entre uste­des, que viven vues­tra pro­pia vida, que sufren los mis­mos pesa­res”, indi­ca el Comité Central.

El gobierno de los tra­ba­ja­do­res en acción

Los comi­cios, bajo estas con­di­cio­nes, fue­ron bas­tan­te dis­tin­tos de los ple­bis­ci­tos con­vo­ca­dos por Louis Napoleón o las habi­tua­les cam­pa­ñas elec­to­ra­les al par­la­men­to. No hubo com­pra de votos ni pro­me­sas alti­so­nan­tes de los candidatos.

El pue­blo había actua­do de con­suno con las reco­men­da­cio­nes del Comité Central. En la asam­blea de la Comuna pre­do­mi­na­ban hom­bres comu­nes, tra­ba­ja­do­res en su gran mayo­ría, que con­ta­ban con la con­fian­za de sus elec­to­res. Había, es cier­to, defen­so­res del vie­jo orden, polí­ti­cos pro­fe­sio­na­les. Pero tam­bién hubo líde­res de las dis­tin­tas ver­tien­tes ideo­ló­gi­cas que exis­tían entre los tra­ba­ja­do­res. A éstos, la reali­dad les puso duras exi­gen­cias. Los blan­quis­tas, una corrien­te revo­lu­cio­na­ria que pre­co­ni­za­ba la acción de peque­ños gru­pos para tomar el poder, aho­ra debían tra­tar con gran­des masas. Los proudho­nis­tas, repre­sen­tan­tes de los anti­guos arte­sa­nos, que des­de­ña­ban la acti­vi­dad polí­ti­ca y con­si­de­ra­ban que el papel de la mujer era en la casa, se enfren­ta­ban a la tarea de gober­nar y miles de muje­res que exi­gían el dere­cho a tra­ba­jar y a por­tar armas.

Es la Comuna que comien­za a gober­nar. Su asam­blea de dele­ga­dos no sería ya un par­la­men­to tra­di­cio­nal, sino una “cor­po­ra­ción de tra­ba­jo”. Se con­for­man comi­sio­nes que divi­di­das por áreas: Guerra, Finanzas, Servicios Públicos, Seguridad, Justicia, Educación, Industria y Comercio, Trabajo, y Relaciones Exteriores; se abo­can a resol­ver los pro­ble­mas inme­dia­tos. Posteriormente se crea tam­bién un Comité de Salud Pública, encar­ga­do de diri­gir la defen­sa de la ciu­dad. Los miem­bros del Consejo debían mul­ti­pli­car su acti­vi­dad. En cada dis­tri­to, fun­cio­na­ban órga­nos simi­la­res que orde­na­ban la vida diaria.

En este pri­mer gobierno de los tra­ba­ja­do­res encon­tra­mos pocos espe­cia­lis­tas, pro­fe­sio­na­les, y téc­ni­cos deseo­sos de pro­bar fór­mu­las o teo­rías para la solu­ción de los pro­ble­mas con­cre­tos. La mayo­ría de ellos, aun los que abra­za­ban ideas pro­gre­sis­tas, se ate­mo­ri­zó ante la inmen­si­dad de las tareas u obser­vó con rece­lo lo que empren­de­rían hom­bres y muje­res comu­nes, tra­ba­ja­do­res en abru­ma­do­ra pro­por­ción, que supli­rán su fal­ta de pre­pa­ra­ción teó­ri­ca con su expe­rien­cia de vida. Ellos mis­mos han sufri­do en car­ne pro­pia el mal gobierno, saben qué es lo que hay que cam­biar y actua­rán sin vacilaciones.

Enfrentados al peor de los esce­na­rios posi­bles, el sitio de los pru­sia­nos y la pau­la­ti­na, pero deci­di­da, acción de la bur­gue­sía, que reagru­pa sus fuer­zas fue­ra de los muros de la capi­tal, el gobierno de la Comuna, tra­ba­ja inten­sa­men­te en los dos meses que ejer­ce el poder.

El gobierno de los tra­ba­ja­do­res pone manos a la obra. Toma pro­yec­tos que la pro­pia bur­gue­sía había pos­ter­ga­do por lar­go tiem­po. Decreta la sepa­ra­ción de la Iglesia y el Estado y la aper­tu­ra de todos los cole­gios al pue­blo, de for­ma ente­ra­men­te gra­tui­ta. Establece, por pri­me­ra vez, el prin­ci­pio de la edu­ca­ción obli­ga­to­ria, lai­ca y universal. 

Ratifica el pre­do­mi­nio de la mili­cia popu­lar al decre­tar la diso­lu­ción del ejér­ci­to y de la poli­cía y su reem­pla­zo por la Guardia Nacional. Limita los sala­rios de los fun­cio­na­rios públi­cos a seis mil fran­cos anua­les como máxi­mo y orde­na que todos ellos, inclui­dos los jue­ces y jefes de poli­cía, sean desig­na­dos por elec­ción popu­lar. Impone que todos los man­da­tos, polí­ti­cos y admi­nis­tra­ti­vos, sean revo­ca­bles, some­tién­do­los así a un con­trol demo­crá­ti­co permanente.

Para enfren­tar la cri­sis eco­nó­mi­ca, ins­tru­ye la devo­lu­ción de las herra­mien­tas de tra­ba­jo dadas en pren­da, la con­do­na­ción de las deu­das de arren­da­mien­to e impo­ne una mora­to­ria a los cré­di­tos y paga­rés ven­ci­dos. Clausura las casas de empe­ño y supri­me las odia­das ofi­ci­nas de colo­ca­ción. Prohíbe el tra­ba­jo noc­turno para los pana­de­ros y las mul­tas que impo­nían, con cual­quier pre­tex­to, los empre­sa­rios a los tra­ba­ja­do­res como un modo de redu­cir sus suel­dos; ins­ti­tu­ye la igual­dad de sala­rios para hom­bres y muje­res; y man­da que fábri­cas y talle­res aban­do­na­dos sean ges­tio­na­dos por sus obreros.

La derro­ta

Precisamente, muchos bur­gue­ses habían hui­do de la capi­tal, ate­mo­ri­za­dos por el nue­vo ambien­te que regía en la capi­tal. En sus casas de cam­po, narra­ban las atro­ci­da­des de los com­mu­nards, que, en esos rela­tos, saquea­ban, incen­dia­ban y fusi­la­ban a gus­to. La ver­dad era dis­tin­ta. Incluso adver­sa­rios de la Comuna reco­no­cían que bajo su orden la delin­cuen­cia endé­mi­ca y la pros­ti­tu­ción habían des­apa­re­ci­do súbitamente.

Pero los enemi­gos más acti­vos tenían un solo des­tino: Versalles, en las afue­ras de la capi­tal. Allí se había asen­ta­do el gobierno de Thiers y había comen­za­do a agru­par los res­tos del anti­guo ejér­ci­to. Prusia, rom­pien­do los tér­mi­nos del armis­ti­cio, per­mi­tió su rear­me con el obje­ti­vo de ata­car París.

La Comuna sólo fue capaz de imple­men­tar un sis­te­ma defen­si­vo, dejan­do Versalles a los polí­ti­cos, mili­ta­res, empre­sa­rios, aris­tó­cra­tas y diplo­má­ti­cos de poten­cias extran­je­ras que en fies­tas y vela­das pla­ni­fi­ca­ban la recon­quis­ta de la capi­tal rebel­de. París esta­ba ais­la­da y sitia­da. En las prin­ci­pa­les ciu­da­des del país se habían for­ma­do Comunas, siguien­do su ejem­plo. Pero al care­cer de una fuer­za mili­tar pro­pia y del pre­do­mi­nio de los tra­ba­ja­do­res en su seno, su acción fue débil.

Pero, sobre todo, la Comuna de París no dis­po­nía de víncu­los reales con la gran mayo­ría de la pobla­ción, emi­nen­te­men­te cam­pe­si­na, dis­per­sa en los vas­tos cam­pos de Francia. Desde la sitia­da capi­tal, se emi­te el lla­ma­do a con­for­mar una fede­ra­ción de comu­nas, el con­te­ni­do polí­ti­co de la República Social fran­ce­sa que avi­zo­ran los resis­ten­tes. Pero el lla­ma­do a la unión volun­ta­ria no tie­ne eco en un país en que un férreo prin­ci­pio cen­tra­lis­ta resuel­ve des­de arri­ba los des­equi­li­brios entre el cam­po y la ciudad.

El enemi­go, favo­re­ci­do por los pru­sia­nos, se agru­pó para lan­zar su ofen­si­va en con­tra de la capi­tal sitia­da. La res­pues­ta de los defen­so­res se basa­ba en la expe­rien­cia de lucha de barri­ca­das en las estre­chas calles de la ciu­dad. Pero la urbe y la tác­ti­ca mili­tar había cam­bia­do. Anchas ave­ni­das sur­ca­ban la ciu­dad, per­mi­tien­do un avan­ce rápi­do de las tro­pas ata­can­tes. Además, el ejér­ci­to de Versalles con­ta­ba con un amplio pre­do­mi­nio de caño­nes de arti­lle­ría. El bom­bar­deo cerra­do y con­ti­nuo pro­vo­có una gran des­truc­ción mate­rial y des­or­ga­ni­zó a la guar­dia nacional.

Los defen­so­res ter­mi­na­ron defen­dien­do cada barrio por sepa­ra­do. Abrumados por la fuer­za supe­rior del enemi­go tuvie­ron que ceder dis­tri­to tras dis­tri­to de la capital.

La derro­ta se selló lue­go de una sema­na de com­ba­tes. Pero la cam­pa­ña de la bur­gue­sía recién comen­za­ba. Las espo­sas de los ricos via­ja­ron pron­to a ins­pec­cio­nar la ciu­dad en rui­nas. Con la pun­ta de sus para­guas ata­ca­ban a los pri­sio­ne­ros. Miles y miles fue­ron fusi­la­dos, miles y miles fue­ron con­de­na­dos a colo­nias pena­les en Oceanía y América del Sur, miles y miles sufrie­ron el exi­lio. Los ven­ci­dos no reci­bie­ron pie­dad. La comu­na fue pre­sen­ta­da al mun­do como una suce­sión de saqueos, robos y ase­si­na­tos, come­ti­dos por el popu­la­cho. La pro­pa­gan­da negra se cen­tró sobre todo en las muje­res tra­ba­ja­do­ras, des­cri­tas como “ama­zo­nas”, “eri­nias”, “mari­ma­chos” y “cha­ca­les” san­gui­na­rios. El pro­ta­go­nis­mo de las muje­res en la lucha de la comu­na había impac­ta­do espe­cial­men­te a la burguesía.

¿Un gobierno de los trabajadores?

A la luz de una derro­ta tan monu­men­tal, que reve­la la cruel­dad de una cla­se cuan­do ve desa­fia­da su posi­ción, cabe pre­gun­tar­se: ¿qué deja la Comuna a los tra­ba­ja­do­res de hoy? ¿El heroís­mo de los defen­so­res de París? Toda lucha que ten­sa al máxi­mo a los hom­bres cono­ce de actos de des­pren­di­mien­to y sacri­fi­cio, más aún si son colec­ti­vos. La Comuna se une a innu­me­ra­bles otros epi­so­dios que mar­can la his­to­ria de la cla­se tra­ba­ja­do­ra. ¿Nos deja sus már­ti­res? La cla­se tra­ba­ja­do­ra los tie­ne de sobra. Los pro­du­ce ince­san­te­men­te, todos los días, no sólo en los gran­des acon­te­ci­mien­tos históricos.

¿Fue, enton­ces, la gran­de­za y alcan­ce de sus pro­yec­tos? Los com­mu­nards inten­ta­ron, como dijo Marx, “tomar el cie­lo por asal­to”, pero, en gene­ral, se des­ta­ca­ron por su emi­nen­te sen­ti­do prác­ti­co y la pru­den­cia de sus pro­pó­si­tos. Intentaban resol­ver pro­ble­mas inme­dia­tos y con­cre­tos en la medi­da que se les pre­sen­ta­ban. La Comuna no ha deja­do ela­bo­ra­cio­nes teó­ri­cas o un pro­gra­ma gene­ral de reor­ga­ni­za­ción social que hoy pudie­ran ser apli­ca­dos, cri­ti­ca­dos o desechados. 

¿Acaso nos pro­vee de lec­cio­nes, de un suma­rio de erro­res que deben ser evi­ta­dos? Sin duda, pero los erro­res de la comu­na sólo con­fir­man los prin­ci­pios gene­ra­les de toda revo­lu­ción: una vez ini­cia­da, no se pue­de dete­ner ni retro­ce­der; no pue­de espe­rar nada de la cla­se domi­nan­te; y debe con­tar con una orga­ni­za­ción y conducción.

Lo que deja la Comuna, enton­ces, es una res­pues­ta pre­ci­sa a la pre­gun­ta de qué es un gobierno de los tra­ba­ja­do­res. Nos expli­ca cómo se mani­fies­ta el hecho de que la direc­ción polí­ti­ca de la socie­dad des­can­se en la cla­se pro­duc­to­ra y no en los polí­ti­cos de la cla­se explotadora.

Por eso, los decre­tos apli­ca­dos por la Comuna refle­jan mejor que las decla­ra­cio­nes, pro­cla­mas e inter­pre­ta­cio­nes pos­te­rio­res el sen­ti­do de este nue­vo tipo de gobierno. Pero su acción está media­da por la con­tin­gen­cia, las nece­si­da­des mili­ta­res, la cri­sis eco­nó­mi­ca, el sabo­ta­je y la mise­ria. Y jus­ta­men­te por haber­se rea­li­za­do en medio de estas con­di­cio­nan­tes adver­sas, las medi­das de la Comuna no son una uto­pía, sino deci­sio­nes racio­na­les, prác­ti­cas, úti­les, nece­sa­rias y con­du­cen­tes a una socie­dad mejor.

He ahí la cau­sa por­que la Comuna sigue sien­do actual. Ya inme­dia­ta­men­te des­pués de su caí­da, Karl Marx había con­clui­do con sim­ple­za que “la gran medi­da social de la Comuna fue su pro­pia exis­ten­cia, su labor”.

Por eso, cuan­do nos pre­gun­ta­mos por la posi­bi­li­dad de un gobierno de los tra­ba­ja­do­res, debe­mos, ante todo, exa­mi­nar las tareas y la acti­vi­dad con­cre­ta que ese órgano ha de ejer­cer. Algunos razo­nan sobre las revo­lu­cio­nes pasa­das, con­de­nan o elo­gian sus accio­nes, de tal modo que pue­dan enca­jar con sus argu­men­tos actuales.

Pero en el París de 1871, los tra­ba­ja­do­res for­ma­ron su gobierno prin­ci­pal­men­te a cau­sa de la cri­sis que sufría el régi­men polí­ti­co impe­ran­te. Tuvieron que ejer­cer el poder no por­que lo hubie­sen bus­ca­do, sino por las cir­cuns­tan­cias crea­das por la pro­pia burguesía.

La fisio­no­mía de este gobierno res­pon­dió así a las expe­rien­cias de orga­ni­za­ción pre­vias de la cla­se. Su carác­ter demo­crá­ti­co obe­de­cía al modo natu­ral de la agru­pa­ción social y polí­ti­ca del pro­le­ta­ria­do. Su orien­ta­ción emi­nen­te­men­te prác­ti­ca se debe al ejer­ci­cio direc­to de las tareas y deci­sio­nes polí­ti­cas y admi­nis­tra­ti­vas. Su sen­ti­do revo­lu­cio­na­rio, en tan­to, nace del pro­pio papel de la cla­se tra­ba­ja­do­ra en la socie­dad. Y sus con­tra­dic­cio­nes, sus insu­fi­cien­cias, corres­pon­den tam­bién de mane­ra direc­ta a la situa­ción de los tra­ba­ja­do­res en la socie­dad. Privados de ejer­cer sus dere­chos libre­men­te, no cuen­tan con la posi­bi­li­dad de adies­trar­se y pre­pa­rar­se sis­te­má­ti­ca­men­te para gober­nar. Escuelas, uni­ver­si­da­des, aca­de­mias mili­ta­res, el apa­ra­to admi­nis­tra­ti­vo, las ofi­ci­nas eje­cu­ti­vas de las empre­sas, son todas ins­ti­tu­cio­nes bur­gue­sas. La for­ma­ción polí­ti­ca del pro­le­ta­ria­do, por ende, sólo ocu­rre en la lucha y en con­tra­po­si­ción al Estado capi­ta­lis­ta. Por eso, en la Comuna hubo tam­bién lugar para los peque­ño­bur­gue­ses; pro­fe­so­res, inte­lec­tua­les, artis­tas, acti­vis­tas polí­ti­cos de diver­sa deno­mi­na­ción, se ofre­cie­ron para diri­gir y, de paso, intro­du­cir sus pre­jui­cios, con­fu­sio­nes e intere­ses en el seno del gobierno de los trabajadores.

Nuevamente: ¿es posi­ble un gobierno de los tra­ba­ja­do­res? La Comuna prue­ba que sí. Esa es la sen­ci­lla con­tri­bu­ción de los héroes y már­ti­res de 1871.

Un gobierno de los tra­ba­ja­do­res hoy debe, como hace siglo y medio atrás, enfren­tar resuel­ta­men­te los desas­tres que deja una bur­gue­sía cuyos regí­me­nes polí­ti­cos, tal como enton­ces, se derrum­ban ante las con­tra­dic­cio­nes que gene­ra su domi­nio de clase.

Debe, por ejem­plo, imple­men­tar medi­das que efec­ti­va­men­te ter­mi­nen con la inse­gu­ri­dad y la delin­cuen­cia en las pobla­cio­nes. Debe resol­ver, en lo inme­dia­to, las nece­si­da­des en salud, tra­ba­jo, vivien­da, edu­ca­ción, trans­por­te públi­co. Debe ter­mi­nar con los apa­ra­tos repre­si­vos y reem­pla­zar­lo por un nue­vo ejér­ci­to del pue­blo. Debe adop­tar medi­das para ter­mi­nar con la escla­vi­tud de las deu­das que aque­jan a la mayo­ría de la pobla­ción. Debe nacio­na­li­zar las indus­trias estra­té­gi­cas y rique­zas natu­ra­les del país. 

A dife­ren­cia de los tra­ba­ja­do­res de París, hoy con­ta­mos con una pre­pa­ra­ción infi­ni­ta­men­te supe­rior como cla­se. Contamos con la expe­rien­cia mis­ma que deja­ra la Comuna y su ardien­te bandera.

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26.3.2021
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